#LAOTRACIUDAD /Desde Montevideo Dr. Ricardo Petrissans Aguilar @seguidores para DIARIO URUGUAY

Durante el período colonial, Montevideo había concentrado autoridad, administración, riqueza y vida política. Allí estaban los gobernadores, el Cabildo, la Aduana, los mandos militares y buena parte de los comerciantes más poderosos. Quien quisiera tratar con el poder debía entrar en la ciudad. En 1815 ocurrió algo distinto. La antigua plaza fuerte española estaba finalmente incorporada al sistema artiguista, pero el hombre que dirigía ese sistema no se instaló allí. Siguió viviendo y gobernando desde la campaña y, poco después, desde el litoral del Uruguay.

La ciudad tuvo que aprender a mirar hacia afuera. No fue sencillo.

Montevideo llegaba exhausta a aquel momento. Había sufrido sitios, escasez, cambios de autoridad y un aislamiento prolongado. Durante años había sido el principal bastión realista de la región, y en sus calles convivían comerciantes vinculados al antiguo régimen, familias que habían defendido a España, partidarios de Buenos Aires, simpatizantes del artiguismo, extranjeros y una mayoría de personas más preocupadas por recuperar una vida normal que por la pureza de cualquier doctrina política.

Cuando las fuerzas orientales tomaron el control de la plaza y Fernando Otorgués asumió el gobierno, comenzaron inmediatamente las fricciones. Había que resolver propiedades, deudas, abastecimientos, contribuciones, relaciones con comerciantes, responsabilidades políticas acumuladas durante años de conflicto y, además, establecer qué lugar tendría el Cabildo dentro del nuevo orden. Todo eso ocurría en una ciudad donde casi nadie confiaba por completo en nadie.

Artigas estaba lejos. Las cartas iban y venían. Las noticias tardaban. Los intermediarios ganaban una importancia enorme. Y en medio de ese sistema todavía inestable aparecía la necesidad de viajar personalmente hasta el jefe oriental.

Larrañaga salió entonces con una delegación y comenzó un recorrido que, leído hoy, permite seguir el desplazamiento del poder casi con los pies. A medida que se alejaba de Montevideo, dejaba atrás una tradición política construida alrededor de una ciudad amurallada y se acercaba a un mundo donde la autoridad dependía mucho más de relaciones personales, comandantes locales, comunicaciones por escrito y reconocimiento político que de edificios públicos.

Cuando finalmente encontró a Artigas, la escena no podía ser más distinta de la que cualquiera hubiera esperado de un hombre que dominaba políticamente buena parte del litoral. No había corte, aparato ceremonial ni residencia suntuosa. Había un campamento, gente que llegaba y salía, asuntos militares y correspondencia. El poder estaba allí, pero tenía una apariencia austera y móvil.

Larrañaga quedó impresionado. No porque hubiera descubierto a un personaje mítico, sino porque encontró a un hombre que ejercía una autoridad enorme desde condiciones materiales sorprendentemente modestas.

Ese contraste ayuda a comprender el artiguismo mejor que muchas definiciones posteriores. Artigas no gobernaba porque hubiera ocupado el antiguo lugar del gobernador español. Gobernaba porque cabildos, comandantes y poblaciones aceptaban en distinto grado su conducción, y porque había conseguido construir una red política que atravesaba varios territorios. Esa red era amplia y, al mismo tiempo, frágil. Dependía de personas concretas.

Miguel Barreiro fue una de ellas. Su actuación en Montevideo resultó decisiva después del período inicial de Otorgués. Barreiro debía ocuparse de problemas que nunca aparecen en los cuadros heroicos: ingresos, aduanas, salarios, comercio, abastecimiento, administración cotidiana. Una ciudad no podía vivir de proclamas. Había que conseguir carne, harina, leña, dinero y productos importados. Había que regular el puerto, atender reclamos, resolver conflictos entre autoridades y evitar que las necesidades militares destruyeran por completo la economía urbana.

Artigas participaba continuamente de esas cuestiones mediante correspondencia. A veces aprobaba. A veces corregía. A veces se irritaba. Y en ocasiones descubría tarde lo que estaba ocurriendo en la ciudad.

Esa experiencia de gobierno fue mucho más complicada de lo que permite imaginar una historia concentrada únicamente en batallas y congresos. El proyecto federal tenía que demostrar que podía administrar, y administrar significaba entrar en el terreno donde las grandes ideas chocaban con intereses económicos, viejas costumbres y necesidades inmediatas. En medio de todo aquello, Larrañaga propuso una biblioteca pública.

La idea puede parecer casi extravagante si se considera el momento. Faltaban recursos, la guerra continuaba y Portugal preparaba una intervención cada vez más probable. Sin embargo, Artigas apoyó el proyecto, y en mayo de 1816 la Biblioteca Pública abrió sus puertas.

La decisión no necesita ser adornada para resultar significativa. Una sociedad que apenas conseguía estabilizar un gobierno consideraba que valía la pena reunir libros y ponerlos a disposición del público. No era un lujo apartado de la política. Formaba parte de una determinada manera de imaginar la comunidad que se estaba intentando construir. Ese mismo año comenzaron a acumularse problemas mucho más graves.

La invasión portuguesa convirtió cualquier desacuerdo interno en peligro. Montevideo necesitaba defensa, recursos y aliados. Algunos dirigentes urbanos comenzaron a mirar hacia Buenos Aires en busca de ayuda, y allí reapareció una vieja cuestión que el artiguismo nunca había conseguido resolver: cuánto podía aceptarse de Buenos Aires sin someter nuevamente la autonomía de las provincias.

Juan José Durán y Juan Francisco Giró negociaron un acuerdo que Artigas consideró inaceptable. La distancia entre la ciudad y su jefe, que había funcionado durante meses gracias a cartas, enviados y delegados, empezó a mostrar todos sus límites.

En enero de 1817 las tropas portuguesas de Lecor entraron en Montevideo. Aquel breve experimento había terminado. Sin embargo, dejó algo que merece ser recordado. Durante unos meses, Montevideo dejó de ser inevitablemente el centro político de la Banda Oriental. Su puerto seguía siendo fundamental, sus comerciantes conservaban poder y su peso económico era enorme, pero las decisiones principales podían originarse lejos de sus murallas. La ciudad que durante tanto tiempo había obligado a la campaña a acudir a ella tuvo que recorrer el camino inverso.

Por eso el viaje de Larrañaga tiene una fuerza tan especial. No fue solamente el trayecto de un hombre curioso. Fue el viaje de una ciudad hacia un poder que ya no estaba dentro de ella. Y cuando uno recorre esas páginas, aparece un Artigas distinto del que suele quedar en la memoria: no solamente el conductor militar ni el jefe de una revolución rural, sino el hombre al que una ciudad difícil, compleja y todavía desconfiada debía ir a buscar para discutir cómo quería ser gobernada.

El sábado 17 de octubre, a las 16 horas, vamos a entrar también en ese Artigas de gobierno, correspondencia, decisiones y conflictos, porque detrás del héroe militar hubo un dirigente obligado a resolver problemas concretos en una sociedad que estaba cambiando demasiado rápido.

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