La historia de la muerte y las prácticas funerarias en Montevideo durante la Cisplatina (1817-1828) ofrece una ventana privilegiada para comprender el impacto social y emocional de la ocupación luso-brasileña. Lejos de ser un aspecto marginal, el tratamiento de los muertos —dónde se los enterraba, cómo se los velaba, quiénes los lloraban— revela las tensiones de una sociedad en crisis, las jerarquías que persistían incluso en la muerte y la descomposición del orden institucional que caracterizó aquellos años.
El presente artículo analiza las condiciones materiales del cementerio de Montevideo durante la Cisplatina, las prácticas funerarias de la época y los testimonios que documentan el estado deplorable en que se encontraban los camposantos. La hipótesis central es que el cementerio funcionó como un espejo de la crisis social: su abandono, la falta de recursos para su mantenimiento y las denuncias sobre el trato indigno a los cadáveres reflejaban el deterioro general de las condiciones de vida y la descomposición del tejido social bajo la ocupación.

Los cementerios de Montevideo a comienzos del siglo XIX.
La creación del primer cementerio de extramuros (1808)
Hasta comienzos del siglo XIX, la práctica dominante en Montevideo —como en el resto del mundo hispánico— era el enterramiento en el interior de las iglesias. Los cuerpos de los fieles se sepultaban en las naves, capillas y atrios de los templos, en un gesto que expresaba tanto la pertenencia a la comunidad religiosa como la jerarquía social: los más ricos y prestigiosos ocupaban los lugares más cercanos al altar, mientras que los pobres eran enterrados en los atrios o en fosas comunes.
Las ideas higienistas de la Ilustración, que asociaban los enterramientos intramuros con la propagación de enfermedades, comenzaron a difundirse en el mundo hispánico a fines del siglo XVIII. En España, los ingenieros militares cumplieron un papel importante en la construcción de cementerios de extramuros, adelantándose a la labor de los arquitectos académicos.
En Montevideo, el resultado de estos debates fue la creación de su primer cementerio de extramuros en 1808, durante los últimos años del período colonial. El cementerio se instaló en la esquina que hoy forman las calles Durazno y Andes. Según el cronista Isidoro de María, el cementerio fue concebido a partir de un “cercado de ladrillo, mezcla de barro, con una pequeña puerta de rastrillo al oeste”, y “al fondo se construyó un cuarto para depósito de las herramientas del sepulturero”.
Se trataba de una construcción muy pobre, con escasa o nula componente ornamental, que sin embargo tenía un valor importante en el contexto platense: era el primer cementerio de extramuros en la región. Esta humilde fábrica, sustentada parcialmente por las ideas higienistas ilustradas, carecía de los mínimos elementos de decoro —una capilla portadora del adecuado ornato y una avenida forestada—, lo que restaba capacidad de convencimiento acerca de establecer cambios en los hábitos de enterramiento. La falta de una capilla cercana a los muertos debió ser un factor para la continuidad de enterramientos en intramuros durante los primeros años republicanos.
El Cementerio de la Iglesia Matriz.
Junto al cementerio de extramuros, la Iglesia Matriz mantuvo su propio camposanto. Los libros de defunciones de la Vice Parroquia de San José —que comenzaron el 10 de julio de 1821— registran que los fallecidos recibían sepultura “en el cementerio de la Iglesia Matriz” o “en el camposanto de la Matriz”.
El primer asiento de este libro, con fecha 10 de julio de 1821, corresponde a Francisco, “Negro Esclavo de Dn. Ángel López”, que falleció a los veintidós años, soltero, habiendo recibido los Santos Sacramentos. El segundo asiento, del 20 de julio, se refiere a un párvulo expósito, un niño de 12 días que había sido bautizado con el nombre de Damacio Fermín. Estos dos primeros registros —un esclavo adulto y un niño abandonado— ilustran la composición social de la mortalidad en la Cisplatina: los sectores más vulnerables de la población eran también los más expuestos a la muerte.
El libro de la Vice Parroquia registra las defunciones “fundamentalmente de los fallecidos en el Hospital de Caridad o en la Casa de Expósitos”, y anota que “todos recibieron sepultura en el camposanto de la Matriz”. La asociación entre pobreza, enfermedad y muerte era inseparable en la Montevideo de la Cisplatina.
La denuncia del estado del cementerio (1822)
2.1. La nota de A. J. M. Y. S. en “El Pacífico Oriental”.
El testimonio más elocuente sobre el estado del cementerio de Montevideo durante la Cisplatina proviene de una nota publicada en El Pacífico Oriental en 1822. Un vecino de Montevideo, de iniciales A. J. M. Y. S., dio a conocer “el deplorable estado en el que se hallaba el cementerio de la ciudad así como el ‘tratamiento’ que se daba a los cuerpos de los muertos”.
Ironizando sobre si a los muertos “se los entierra o se los siembra”, el vecino escribía:
“¿Cómo distinguir cuando se entierran o se siembran los cadáveres? […] ¿Y qué es campo santo?, donde van a parar los muertos. […] ¿Y qué vio V. en el campo santo? Varias cosas, entre ellas dos muertos que en el estado de recién nacidos estaban sin enterrar, según supe desde el día anterior. ¡Dos muertos!, ¿cómo es posible que estuviesen esos dos muertos así?, dejándose estar. […] Busqué un negro y un azadón, volví al campo santo dimos sepultura a los cadáveres, pagué el servicio del negro, recé dos padres nuestros, y me retiré a mi casa. […] El campo santo está en el estado que anuncié en mi anterior comunicado, y de ello es testigo todo el pueblo y todas las autoridades.”
2.2. Análisis del testimonio.
El relato de A. J. M. Y. S. revela varios aspectos cruciales de la crisis social en la Cisplatina:
Primero, la ausencia de recursos institucionales para el mantenimiento del cementerio. El hecho de que los cuerpos de dos recién nacidos permanecieran sin sepultar durante al menos un día —y que fuera un particular, y no las autoridades, quien finalmente les diera sepultura— indica que el servicio de enterramiento había colapsado o era completamente ineficaz.
Segundo, la descomposición del orden administrativo. El vecino afirma que el estado del cementerio era “testigo todo el pueblo y todas las autoridades”, lo que implica que las autoridades —incluyendo las del régimen luso-brasileño— conocían la situación y no hacían nada por remediarla.
Tercero, la indignidad en el trato a los cadáveres. La imagen de dos recién nacidos “sin enterrar, dejándose estar” es particularmente perturbadora. En una sociedad donde el entierro en sagrado era una condición esencial para la salvación del alma, la falta de sepultura constituía una afrenta tanto religiosa como moral.
Cuarto, la iniciativa individual como respuesta a la inacción institucional. El vecino que busca “un negro y un azadón”, paga el servicio de su bolsillo y reza dos padrenuestros, encarna la solidaridad mínima a la que se veía reducida la sociedad montevideana en ausencia de un Estado eficaz.
La respuesta institucional: los oficios de Lecor (1819-1820)
3.1. El oficio de 1819 sobre sepulturas en las iglesias.
Las autoridades luso-brasileñas no fueron completamente indiferentes al problema de los enterramientos. El 19 de abril de 1819, Carlos Federico Lecor dirigió un oficio al Gobernador Intendente Interino de Montevideo, Juan José Durán, “comentando los prejuicios para la salud de las poblaciones [del] antiguo hábito de sepultamento junto às iglesias” y ordenando que, “mientras no se haga un cementerio municipal”, Durán se encargara, junto con el vigario, de “arreglar terrenos para sepultamento en terrenos pertenecientes a la Iglesia”.
Este documento, conservado en la Coleção Província Cisplatina de la Biblioteca Brasiliana Guita e José Mindlin de la Universidad de São Paulo, revela que Lecor era consciente de los problemas sanitarios derivados de los enterramientos intramuros y buscaba una solución, aunque fuera provisional.
3.2. El oficio de 1820 sobre los gastos del cementerio.
Un año después, el 6 de octubre de 1820, Lecor dirigió otro oficio al Gobernador Intendente Interino de Montevideo, remitiendo un oficio de José del Pozo “no qual solicitava pagamento dos serviços de construção da cerca do cemitério da cidade”.
Este documento indica que, a pesar de las órdenes de Lecor, la cerca del cementerio —la estructura fundamental que delimitaba el camposanto— estaba en construcción o reparación en 1820, y que los costos no habían sido cubiertos. La solicitud de pago de José del Pozo sugiere que el financiamiento del cementerio dependía de contratistas privados que no siempre recibían su dinero a tiempo, lo que explicaría el estado de abandono denunciado por A. J. M. Y. S. en 1822.
La mortalidad en Montevideo durante la Cisplatina.
4.1. Los datos demográficos.
La comprensión del impacto social del cementerio requiere contextualizarlo en el marco de la mortalidad de la época. Según los datos recopilados por Adela Pellegrino y otros demógrafos uruguayos, la mortalidad en Montevideo durante la Cisplatina presentaba niveles altos, con una esperanza de vida al nacer entre los 33 y 41 años y una mortalidad infantil en torno a los 200-220 por 1000.
Los datos de defunciones anuales en Montevideo muestran la siguiente evolución:
Año Defunciones
1815 967
1817 783
1825 855
Fuente: Datos demográficos de Montevideo, 1815-1825.
Un estudio demográfico señala que “a partir de 1817” se inicia una “cuarta fase” con “450-550 defunciones anuales” en el área de Montevideo. Estas cifras, aunque no desproporcionadas en el contexto de una ciudad de aproximadamente 15.000-20.000 habitantes, revelan que la muerte era una presencia cotidiana y que el cementerio debía gestionar un volumen significativo de enterramientos.
4.2. La mortalidad infantil y los expósitos
Un aspecto particularmente doloroso de la mortalidad en la Cisplatina era la mortalidad infantil y la de los niños expósitos. El libro de la Vice Parroquia de San José registra que “la mayor parte de los asientos registrados en los libros de la Capilla” corresponden a “niños expósitos o abandonados en la Casa de Huérfanos, que son bautizados y luego depositados”.
La Casa de Expósitos de Montevideo acogía a los niños abandonados, que eran bautizados y luego, en muchos casos, morían antes de alcanzar la edad adulta. El segundo asiento del libro de defunciones —el niño Damacio Fermín, de 12 días— es un ejemplo de esta trágica realidad. La Hermandad de la Caridad —institución de beneficencia con marcado carácter masónico— tenía un papel importante en el cuidado de estos niños: “fue norma que en el caso de los huérfanos, sus padrinos fueron miembros de la Hermandad de Caridad, con bautismo gratuito”.
Prácticas funerarias y rituales de duelo.
5.1. El velorio y el ataúd.
Las prácticas funerarias en la Montevideo de la Cisplatina seguían las tradiciones coloniales hispánicas, aunque adaptadas a las circunstancias de escasez y crisis. El cronista Isidoro de María describe con detalle el ritual del velorio:
“Antiguamente, y hasta muchos años del presente siglo, no había como ahora, depósitos de cajones mortuorios, donde encontrarlo en cualquier momento […] Sucedía que fallecía una persona, y los deudos tenían que andar de Herodes á Pilatos, buscando carpintero que hiciese el cajón, con la urgencia del caso, y no se encontraba. […] Y en esas andanzas, el muerto esperaba envuelto en la mortaja sobre una mesa ó cama mortuoria, hasta que le hiciesen el cajón; y á espera de él, el velorio se prolongaba por dos ó tres noches”.
Esta descripción revela que el velorio podía prolongarse durante dos o tres noches debido a la dificultad de conseguir un carpintero que fabricara el ataúd. En una sociedad donde la mortalidad era alta y los recursos escasos, la improvisación era la norma. Las familias acomodadas, previsoras, mandaban hacer el cajón “con anticipación […] tan luego como el enfermo empeoraba, por si acaso llegaba á fallecer”. Incluso había casos de personas que se recuperaban y quedaban con el cajón hecho, que luego cedían a algún amigo fallecido.
5.2. El entierro y el acompañamiento
La conducción de los cuerpos al cementerio se hacía con acompañamiento, “como se hacen ahora los entierros, pero con la diferencia de que se marchaba á pié, llevando al difunto á pulso […] llevándose la cruz alta”. El cortejo fúnebre, con la cruz alta al frente, era un ritual que expresaba la pertenencia del difunto a la comunidad cristiana y el duelo de los deudos.
5.3. Las exequias de los “angelitos”.
Un aspecto particularmente conmovedor de las prácticas funerarias de la época era el de los “alegres funerales de angelitos”. Los niños que morían antes de alcanzar el uso de razón eran considerados “angelitos” que iban directamente al cielo, y sus funerales tenían un carácter festivo, con música y celebraciones, en contraste con el duelo por los adultos. Esta práctica, documentada en el Montevideo colonial y republicano, persistió durante la Cisplatina.
El cementerio como espejo de la crisis social.
6.1. La continuidad de los enterramientos en las iglesias.
A pesar de la creación del cementerio de extramuros en 1808 y de las órdenes de Lecor en 1819, los enterramientos en el interior de los templos continuaron durante la Cisplatina. Un estudio sobre la arquitectura funeraria montevideana señala que “los enterramientos al interior de los templos, aunque de manera cada vez más limitada, se mantendrían para cierta jerarquía de actores sociales”.
Esta persistencia revela que el cementerio de extramuros no logró imponerse como única necrópolis. La falta de una capilla adecuada, el estado de abandono del camposanto y la resistencia de las élites a renunciar al privilegio del enterramiento en sagrado explican esta continuidad. El cementerio de 1808 “no tuvo, por tanto, un convencimiento explícito y una aceptación social absoluta” y “su temprano fracaso como nueva necrópolis” se selló con su cierre definitivo en 1835.
6.2. La jerarquía social en la muerte.
La muerte no borraba las jerarquías sociales. Los clérigos y militares recibían funerales con honores especiales. Las élites continuaban enterrándose en las iglesias, mientras que los pobres, los esclavos y los expósitos eran sepultados en el camposanto de la Matriz o en fosas comunes.
El caso de Francisco, el “Negro Esclavo de Dn. Ángel López” que fue el primer difunto registrado en el libro de la Vice Parroquia de San José en julio de 1821, es ilustrativo: un esclavo, de 22 años, soltero, recibió sepultura en el cementerio de la Iglesia Matriz. Su muerte, como su vida, estaba marcada por su condición social.
6.3. La descomposición del orden institucional.
El estado del cementerio denunciado por A. J. M. Y. S. en 1822 —con cuerpos sin sepultar y autoridades indiferentes— es un síntoma de la descomposición del orden institucional que caracterizó la Cisplatina. La incapacidad del régimen luso-brasileño para garantizar el funcionamiento básico de los servicios públicos —incluido el enterramiento digno de los muertos— revelaba las limitaciones de un gobierno que, a pesar de su retórica de orden y progreso, no lograba satisfacer las necesidades más elementales de la población.
El cementerio se convirtió así en un espejo de la crisis: su abandono reflejaba el abandono general de la sociedad montevideana; la falta de recursos para su mantenimiento reflejaba la ruina económica de la provincia; y la indiferencia de las autoridades reflejaba la distancia entre el poder ocupante y las necesidades de la población.
Conclusiones.
El estudio del cementerio de Montevideo durante la Cisplatina revela aspectos fundamentales de la crisis social y emocional que atravesó la población bajo la ocupación luso-brasileña. La muerte —omnipresente en una sociedad con altos índices de mortalidad— se convirtió en un recordatorio cotidiano de la fragilidad de la vida y de la descomposición del orden social.
El cementerio de extramuros creado en 1808 nunca logró imponerse como única necrópolis. Su estado de abandono, denunciado por A. J. M. Y. S. en 1822, y la persistencia de los enterramientos en las iglesias, revelan que la Cisplatina no fue capaz de garantizar ni siquiera el descanso digno de sus muertos.
La nota de A. J. M. Y. S. en El Pacífico Oriental —con su ironía desgarradora sobre si a los muertos “se los entierra o se los siembra”— es mucho más que una queja sobre el estado de un camposanto. Es el testimonio de una sociedad que, en medio de la guerra y la ocupación, había perdido la capacidad de honrar a sus difuntos, de mantener los rituales que daban sentido a la vida y a la muerte. El cementerio, en su abandono, reflejaba el abandono de toda una sociedad.
Bibliografía
Fuentes primarias
Prensa:
El Pacífico Oriental. Montevideo, 1822. (Nota de A. J. M. Y. S. sobre el estado del cementerio).
La Aurora. Montevideo, 1822.
Documentos:
Lecor, Carlos Federico. [Sobre sepulturas en las Iglesias y reparación de Cemeterios]. Montevideo, 19 de abril de 1819. Ofício ao Governador Intendente Interino de Montevidéu, Juan José Durán. Coleção Província Cisplatina, Biblioteca Brasiliana Guita e José Mindlin, Universidad de São Paulo.
Lecor, Carlos Federico. [Sobre cobro de gastos en el Cementerio de Montevideo]. Montevideo, 6 de octubre de 1820. Ofício remetendo ofício de José del Pozo solicitando pagamento dos serviços de construção da cerca do cemitério da cidade. Coleção Província Cisplatina, Biblioteca Brasiliana Guita e José Mindlin, Universidad de São Paulo.
Libro de Defunciones de la Vice Parroquia de San José. Montevideo, 1821-1824. Archivo de la Curia, Montevideo.
Fuentes secundarias:
Bentancor, Andrea, Arturo Bentancur y Wilson González. Muerte y religiosidad en el Montevideo colonial: Una historia de temores y esperanzas. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 2008.
De María, Isidoro. Montevideo antiguo: tradiciones y recuerdos. Montevideo, s/f.
Pellegrino, Adela. Historia demográfica de Montevideo y su campaña (1757-1860). Montevideo: Universidad de la República, s/f.
Pierrotti, Nelson. “Volver a la Cisplatina (1817-1828). Una aproximación a los ‘estados de opinión’ de los orientales sobre la independencia del Uruguay.” Humanidades: revista de la Universidad de Montevideo XIII (2013): 17-69.