CUANDO EL APOYO POLÍTICO APARECE EN LA CANCHA

Lo ocurrido alrededor de las elecciones de la OFI en 2026 dejó imágenes y declaraciones que merecen ser analizadas. El presidente de la AUF, Ignacio Alonso, declaró públicamente que tenía desde hacía años una posición de apoyo político hacia uno de los candidatos, Gustavo Bares. Eso no demuestra por sí mismo una imposición. Pero sí demuestra algo concreto: el presidente de la principal organización del fútbol uruguayo hizo público su apoyo político a un candidato a la presidencia de Organización del Fútbol del Interior.

Y antes de la elección de OFI también se informó sobre una reunión entre representantes de clubes de Rivera y el intendente Richard Sander, en la que, según un diario local, se habló entre otros asuntos de la posición que adoptaría la Liga en la elección.

Nuevamente: Una reunión no prueba una imposición. Un apoyo no prueba una operación. Una fotografía no demuestra un acuerdo. Pero cuando todas esas piezas comienzan a aparecer alrededor de una elección deportiva, el periodismo tiene la obligación de preguntar.
¿Dónde termina la política? ¿Dónde empieza el fútbol? ¿Y quién establece la frontera?

Un intendente puede tener una opinión sobre fútbol. Un legislador puede ser dirigente. Un ministro puede ser hincha. Un presidente de una organización deportiva puede tener relaciones institucionales con autoridades políticas. Todo eso forma parte de una sociedad democrática.

El problema aparece cuando la política partidaria, el poder institucional o las estructuras económicas empiezan a convertirse —si así ocurriera y pudiera demostrarse— en la puerta de entrada o de salida de las oportunidades deportivas. Porque entonces cambia la naturaleza del juego. Ya no alcanza con tener capacidad. Ya no alcanza con trabajar. Ya no alcanza con conocer el deporte. Hay que saber a quién llamar. Y eso sería gravísimo. No porque lo diga un periodista. Sino porque destruiría una de las cosas más valiosas que tiene el deporte: la posibilidad de que alguien llegue por mérito y no por padrinazgo.

Aquí aparece otra cuestión todavía más incómoda. ¿Qué ocurre con el dirigente que no pertenece a ninguna estructura?
¿Qué ocurre con el periodista que no responde a ningún sector?
¿Qué ocurre con el entrenador que no tiene padrino?
¿Qué ocurre con el club pequeño que necesita una solución y no tiene un intendente detrás?
¿Qué ocurre con la liga que decide votar diferente?
¿Qué ocurre con quien pregunta demasiado?

Porque si para trabajar hay que ser seleccionado por una estructura de poder, entonces el sistema deja de ser abierto. Y comienza a parecerse a un club privado.
Los que están adentro.
Los que pueden entrar.
Y los que quedan afuera.
Eso no puede ser el destino del deporte uruguayo.

Aquí tampoco sirve decir simplemente: “El Estado no controla nada”. Eso debe demostrarse caso por caso. Y existe una normativa que establece responsabilidades concretas.

La Ley 19.828 define el deporte federado y establece que clubes, federaciones y confederaciones son personas jurídicas de derecho privado que deben ser reconocidas y fiscalizadas por la Secretaría Nacional del Deporte.

La propia Secretaría Nacional del Deporte establece entre sus cometidos dirigir, coordinar y controlar acciones vinculadas al desarrollo de las federaciones deportivas, así como evaluar su gestión y controlar el cumplimiento de las normas correspondientes. Además, existe un Registro de Instituciones Deportivas y un procedimiento específico para el reconocimiento de entidades deportivas dirigentes, que exige personería jurídica. Entonces la pregunta cambia. Ya no es solamente:

La pregunta periodística debería ser:

Ahí está el verdadero problema.

Si existen instituciones deportivas que funcionan sin la personería jurídica que legalmente deberían tener, eso no puede quedar en una conversación de pasillo. Hay que ponerles nombre. Hay que pedir los expedientes. Hay que consultar al organismo competente. Hay que revisar los estatutos. Hay que mirar las asambleas. Hay que buscar los balances. Hay que saber quién firma. Hay que saber quién controla. Y, sobre todo, hay que publicar documentos. Porque decir “esta institución no tiene personería jurídica” es una acusación. Demostrarlo mediante un expediente, un registro oficial o una respuesta formal es periodismo. Lo mismo ocurre con los balances.

No todas las instituciones deportivas tienen exactamente las mismas obligaciones contables. La normativa distingue, por ejemplo, obligaciones específicas para entidades profesionales, mientras que la Secretaría Nacional del Deporte mantiene registros y mecanismos de control sobre el deporte federado. Por eso hay que investigar institución por institución. Sin generalizaciones. Sin operaciones políticas. Sin carpetazos.

El fútbol uruguayo tiene una historia demasiado grande como para terminar convertido en una sucesión de alineamientos. Porque detrás de cada liga hay gente que vende rifas. Que organiza beneficios. Que cocina para juntar dinero. Que lava camisetas. Que corta el pasto. Que viaja cientos de kilómetros. Que paga una entrada. Que lleva a sus hijos. Que pone su auto. Que presta un salón. Que trabaja gratis.

Esa gente sostiene el fútbol. No los operadores. No las fotografías. No las reuniones de cinco personas. No las estructuras. No los favores. El fútbol pertenece a quienes lo hacen posible.

Tal vez esta sea la parte más dolorosa. Porque hacer periodismo cuando uno siente que las respuestas ya están decididas antes de hacer las preguntas es agotador. Cuando uno escucha: “Ese no.” “Con ese no se puede.” “Ese está con ellos.” “Ese trabaja para aquellos.” “Ese no entra.” “Ese no tiene apoyo.” “Ese no conviene.” Entonces el periodismo comienza a convertirse en una profesión de resistencia. Y llega el cansancio. No solamente físico. Mental.

Porque investigar permanentemente estructuras de poder, escuchar testimonios, revisar documentos, contrastar versiones y después descubrir que quienes denuncian siguen afuera mientras quienes concentran poder continúan ocupando espacios puede producir un desgaste enorme. Y uno se pregunta: ¿PARA QUÉ?.

Por eso quizá sea necesario hacer algo que para un periodista parece casi imposible: parar. Cerrar la computadora. Apagar el teléfono. Dejar de perseguir la noticia durante unos días. Mirar el mundo desde otro lugar. Tomarse unas vacaciones. Respirar. Y después decidir. No abandonar. No rendirse. Simplemente tomar distancia para recuperar las ganas.

Porque el periodismo también necesita periodistas. Y un periodista agotado puede seguir escribiendo. Pero corre el riesgo de dejar de sentir. Y cuando un periodista deja de sentir lo que está contando, algo muy importante empieza a romperse.

Quizás esto no sea un adiós. Quizás sea solamente un hasta luego. Hasta marzo. Hasta recuperar las fuerzas. Hasta volver a sentarse frente a una computadora con la misma pregunta de siempre: ¿qué hay detrás de esta historia?

Porque si algo queda claro después de tantos años es que el periodismo no tiene que pertenecerle a ninguna banda. Ni política. Ni deportiva. Ni empresarial. Ni mediática.

Y mucho menos para investigar. Si hay poder, hay que mirarlo. Si hay dinero, hay que seguirlo. Si hay documentos, hay que leerlos. Si hay testimonios, hay que contrastarlos. Si hay denuncias, hay que investigarlas. Y si no hay pruebas, hay que seguir buscando hasta encontrarlas o hasta demostrar que aquello que se decía no era cierto. Porque esa también es nuestra obligación.

No estamos para elegir quién gana. Estamos para contar cómo se juega. Y quizás, después de descansar, haya que volver a hacer precisamente eso.
Preguntar.
Investigar.
Documentar.
Y escribir.

Aunque moleste. Aunque canse. Aunque a veces parezca que nadie escucha. Porque cuando todos se callan, el silencio también termina siendo una forma de poder.

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