Donde otros veían un pueblo, él encontraba una historia. Donde otros veían un viejo papel, él descubría la memoria de un país.
La última vez que lo vimos fue en la Biblioteca Nacional. Ya tenía colaboradores pagos que hurgaban diariamente en los archivos. Pero él seguía buscando como aquel muchacho de Minas que un día descubrió que la historia no estaba solamente en los libros: estaba escondida en la gente. La última vez que estuvimos con él fue dentro de la Biblioteca Nacional. Ya no era aquel investigador que tenía que hacerlo prácticamente todo solo. Había colaboradores pagos que diariamente se metían en los archivos, revisaban documentos, perseguían nombres, fechas, fotografías, papeles amarillentos y testimonios. Pero había algo que no había cambiado. Aníbal seguía siendo Aníbal.
#HACIENDODEDO/Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.

Seguía preguntando. Seguía dudando. Seguía buscando. Seguía queriendo saber qué había detrás de cada nombre, de cada pueblo, de cada historia. Y quizás aquella última conversación tuvo una importancia que recién comprendimos después. Porque uno nunca sabe cuándo está viendo por última vez a alguien.
EL TÍO RAMÓN Y EL BAR SOROCABANA
A Aníbal Barrios Pintos llegué gracias a mi tío, el periodista Ramón Mérica. Fue él quien me arrimó a su trabajo y me hizo comprender que detrás de aquel hombre había una aventura extraordinaria. Recuerdo aquellas conversaciones en el bar Sorocabana de Plaza Cagancha, aquel lugar que ya desapareció, pero que durante tantos años fue una especie de territorio de encuentro para periodistas, escritores, políticos, artistas y hombres que tenían algo para contar.
Ramón hablaba de Barrios Pintos con respeto. Y fue allí donde empecé a entenderlo. Aníbal había logrado vivir de una manera casi milagrosa en un Uruguay que, muchas veces, no sabía reconocer económicamente a quienes se dedicaban a escribir, investigar y reconstruir su propia historia. Pero él tenía una particularidad. No quería ser encasillado. Nunca se consideró novelista. Ni poeta. Ni ensayista. Ni notero. Ni periodista en el sentido convencional. Y, sin embargo, tenía las condiciones para ser todo eso. Lo que hizo fue otra cosa. Mucho más difícil. Se convirtió en un buscador profesional de la memoria.
EL MUCHACHO DE MINAS
Había nacido en Minas, Lavalleja. Allí hizo la escuela pública, el liceo y sus primeros trabajos literarios. Era un estudiante callado, introvertido, soñador. Pero alguien descubrió que detrás de ese muchacho silencioso había una cabeza que no paraba de preguntar. Fue Gonzalo Gardil, profesor de filosofía del liceo minuano, quien reparó en él.
Gardil llegaría posteriormente a dirigir La Unión, aquel diario de Minas que orgullosamente se presentaba como “El Decano de la Prensa del Interior”, fundado el 1.º de enero de 1877. Y por allí comenzó una relación con el periodismo y la investigación que Barrios Pintos nunca abandonaría. Había algo más.
Minas no dejó de acompañarlo nunca. Podía venir a Montevideo. Podía viajar por todo el país. Podía internarse en archivos. Pero había una especie de cordón umbilical con su tierra natal que nunca terminó de cortarse. Y quizás por eso comprendió antes que muchos otros que para contar el Uruguay había que salir de Montevideo.

1962: METER LA CABEZA DENTRO DEL URUGUAY
Hay una frase que define, para mí, su aventura. Desde 1962 comenzó a “meter su cabeza dentro del Uruguay”. No era una metáfora menor. Significaba meterse en los pueblos. Preguntar. Caminar. Revolver papeles. Buscar fotografías. Hablar con viejos vecinos. Visitar cementerios. Consultar archivos. Subirse a un avión para mirar desde arriba aquello que después iba a investigar desde tierra. Y volver. Siempre volver. Porque cada viaje abría una nueva pregunta. Y cada respuesta parecía generar otras diez.
LA REVISTA QUE FUE SU VIDA
Pero antes de convertirse en uno de los grandes investigadores de la historia nacional, estuvo la revista. En octubre de 1936, según el relato que él mismo nos hizo, Alfredo Vidal y Fuentes lo llevó a la revista “Minas”. Poco a poco, aquella publicación terminaría siendo casi inseparable de Barrios Pintos. Allí desplegó afán, nervios, sangre, imaginación y una enorme capacidad de trabajo. Durante décadas realizó investigaciones dedicadas a distintos departamentos del país. Y no se trataba simplemente de escribir.
Había que producir. Conseguir fotografías. Reunir documentos. Diagramar. Investigar. Viajar. Preguntar. Convencer. Y después publicar. Uno de aquellos trabajos que siempre recordamos fue el álbum dedicado a Rivera, en 1962. La publicación reunía papel, color, fotografías, información y una presentación que buscaba estar a la altura de las grandes revistas de la época. Pero había algo mucho más importante detrás.
Barrios Pintos había estado allí. In situ. Y había descubierto que Rivera tenía una discusión sobre su propia historia. La fecha de su nacimiento. El origen. Los documentos. La memoria. Lo que parecía una cuestión menor terminó convirtiéndose para él en una investigación. Porque así funcionaba Aníbal. Donde otros veían una discusión, él veía un archivo. Donde otros veían una anécdota, él veía una historia. Donde otros veían una fotografía vieja, él veía un documento.
LA HISTORIA ESTABA EN LOS CEMENTERIOS
Hay una historia que siempre me impresionó. Barrios Pintos buscaba iconografía de personajes históricos y, en determinadas ocasiones, encontraba una fuente inesperada: los cementerios.
En Santana do Livramento, Brasil, sobrevivió durante mucho tiempo la costumbre de colocar retratos de los fallecidos en sus tumbas. Y allí aparecieron rostros de gente vinculada a la historia de Rivera y de la frontera. Era una manera extraordinaria de recuperar lo que parecía perdido. Porque Aníbal sabía algo que pocos investigadores comprendían: una fotografía también puede ser un documento histórico. Y un rostro puede devolverle identidad a un nombre.

“A VERDAD, Y A LO QUE SALGA”
Si hubiera que resumir su método en una sola frase, quizás podríamos modificar aquel viejo refrán: “A suerte y verdad”. Para Aníbal era: “A verdad, y a lo que salga”. Porque salía a investigar sin saber exactamente qué iba a encontrar. Podía comenzar buscando una fecha y terminar descubriendo una familia. Podía perseguir el nombre de un personaje y terminar reconstruyendo la historia de un pueblo.
Podía recibir una información aparentemente insignificante y convertirla en una investigación de páginas y páginas. Y después fotografiaba. Desde el aire cuando podía. Desde tierra siempre. Armaba sus notas. Las publicaba. Y luego iba a ver a los interesados. Algunos agradecían. Otros no. Él lo contaba con una enorme bonhomía: “Eran los menos… nuestra gente es buena”. Esa frase también decía mucho de él.
EL HISTORIADOR QUE FUE ARQUERO
Y había otro Aníbal. El hombre de carne y hueso. El muchacho que también tuvo camiseta. Jugó en el Club Nacional de Football de Minas. Fue arquero y capitán. Allá por 1935, aquel estudiante que después se convertiría en historiador defendía el arco de su equipo. Quizás nunca imaginó que muchos años después terminaría defendiendo otro arco mucho más grande: el de la memoria del Uruguay.
UNA OBRA QUE SE FUE VOLVIENDO PAÍS
Llegaron después Historia de la ganadería del Uruguay, Historia de los pueblos orientales y tantos otros trabajos. Su investigación sobre la ganadería recibió el Premio de Remuneraciones Literarias del Ministerio de Educación y Cultura en 1973. Entre 1962 y 1971 obtuvo además cinco primeros premios en certámenes literarios del municipio, dentro de las categorías de Historia y Biografía. Pero los premios nunca explican completamente a un hombre.
Lo que explica a Barrios Pintos es la cantidad de horas que pasó buscando. La cantidad de kilómetros recorridos. La cantidad de puertas golpeadas. La cantidad de documentos que rescató del olvido. La cantidad de personas que interrogó. Y la cantidad de historias que consiguió que no desaparecieran.
AQUELLA ÚLTIMA VEZ
Y volvemos entonces a la Biblioteca Nacional. Porque allí lo vimos por última vez. Ya tenía colaboradores pagos. Hombres y mujeres que diariamente hurgaban en los archivos para él. El volumen de su trabajo había crecido tanto que necesitaba un equipo. Pero cuando hablaba, aparecía aquel mismo investigador de siempre.
El minuano. El hombre que había empezado a preguntar. El que no se conformaba con una versión. El que quería el documento. La fotografía. El testimonio. La prueba. Y nosotros conversamos con él. Quizás sin saber que aquella sería la última vez. Después vendría el silencio.
Aníbal Barrios Pintos murió en Montevideo el 1.º de junio de 2011, a los 92 años. Pero hasta entonces siguió trabajando. De hecho, estaba ocupado en aquellos días con una obra que terminaría siendo una especie de testamento afectivo: De tierra adentro. Escritores, músicos y artistas plásticos del interior uruguayo. Como si al final de su camino hubiera querido volver a decir lo mismo que había dicho durante toda su vida: el Uruguay también está allá afuera.
EL PAÍS QUE ANÍBAL FUE A BUSCAR
Hoy, cuando pensamos en él, no vemos solamente al historiador. Vemos al hombre caminando por un pueblo. Preguntando. Sacando una fotografía. Revisando un papel. Escuchando a un anciano. Mirando un edificio. Entrando a un cementerio. Subiendo a un avión. Bajando del avión. Volviendo a preguntar. Y escribiendo. Escribiendo contra el olvido.
Eso fue Aníbal Barrios Pintos. Un hombre que convirtió la curiosidad en oficio y el oficio en una forma de patriotismo cultural. Por eso aquella última charla en la Biblioteca Nacional tiene hoy otro significado. Nosotros fuimos a verlo. Pero quizás, sin saberlo, fuimos también a despedirnos. Y mientras recordamos aquella conversación, aparece nuevamente la voz de mi tío Ramón Mérica, aquel periodista que me abrió la puerta para conocerlo. Y entonces entiendo algo que tardé muchos años en comprender:
Ramón no me estaba presentando simplemente a un historiador. Me estaba presentando a un hombre que había decidido dedicar su vida entera a rescatar un país que corría el riesgo de olvidarse de sí mismo. Ese fue Aníbal. El minuano. El periodista sin etiquetas. El historiador. El investigador. El fotógrafo. El arquero. El capitán. El hombre de la revista. El caminante. El buscador. Y, por encima de todo: el hombre que metió la cabeza dentro del Uruguay y nunca más la sacó.