BARRIOS DE MONTEVIDEO — Para Diario Uruguay

Seguimos recorriendo barrios que uno conoce por sus calles. Otros, por sus esquinas. Y hay algunos —muy pocos— que uno termina conociendo por las historias que todavía parecen caminar detrás de uno. Arroyo Seco es de esos. Porque aunque hoy uno avance por Agraciada, doble por Entre Ríos, cruce San Fructuoso o se detenga frente a una vieja fachada que resiste como puede el paso de los años, cuesta imaginar que debajo del cemento, de las veredas y del ruido cotidiano todavía duerme un arroyo. Un arroyo de verdad. Pequeño. Caprichoso. A veces seco. Y de allí, precisamente, nació el nombre. No de un apellido ilustre. No de un hacendado. No de una leyenda repetida hasta convertirse en verdad.

El Arroyo Seco ya era Arroyo Seco en 1756 y 1757, cuando los documentos registraban aquel paraje con ese nombre. Y el 6 de mayo de 1758, Martín José Artigas —padre del futuro jefe de los orientales— participó en la toma de posesión de terrenos situados en aquel territorio perteneciente al ejido de Montevideo.

Es decir: cuando Montevideo todavía estaba aprendiendo a crecer fuera de sus murallas, Arroyo Seco ya tenía nombre, paisaje y memoria. Y quizás también tenía destino. Porque por allí pasaron caminos, tropas, carretas, tranvías, trenes, estudiantes, obreros, deportistas, familias enteras y personajes que terminaron entrando en los libros de historia. Pero antes de que llegaran las calles, estuvieron las chacras.

En 1727 aparecían las primeras adjudicaciones de tierras sobre el Miguelete. El camino que las comunicaba con la ciudad tenía, en buena medida, el trazado que hoy reconocemos en la avenida Agraciada. Después llegó el trabajo. Y llegó la carne. Y llegó aquella Montevideo que comenzaba a dejar atrás definitivamente su condición de ciudad encerrada. En 1787 Miguel Ryan instaló allí uno de los primeros saladeros del país.

El barrio comenzó a tener olor a trabajo. A campo. A cuero. A carne. A esfuerzo. Y, como ocurre tantas veces en la historia uruguaya, alrededor de esas actividades fueron apareciendo casas, familias, caminos y pequeñas comunidades. Para 1798 ya había caseríos. Y alrededor de 1800, una figura poderosa de aquella sociedad, el comerciante español Antonio Baltasar Pérez, levantó su residencia en la zona de Agraciada y San Fructuoso. Pero la historia tenía guardado allí uno de sus capítulos grandes. Uno de esos que después nadie puede borrar.

AQUÍ TERMINÓ UNA ÉPOCA

El 20 de junio de 1814, en el oratorio de aquella quinta, se firmó la capitulación de las fuerzas españolas de Montevideo. Carlos María de Alvear, jefe de las fuerzas sitiadoras, pactaba con los representantes del gobierno español. Y una casa de Arroyo Seco se convertía, por unas horas, en escenario de un acontecimiento que marcaba el final de la dominación española en el Río de la Plata. Uno pasa hoy por allí y puede no saberlo.

Ese es uno de los grandes misterios de Montevideo. La historia no siempre pone un cartel. A veces queda debajo de una vereda. Detrás de una puerta. En el nombre de una calle. O en el recuerdo de alguien que todavía dice:
—Ahí fue… Y entonces uno empieza a mirar distinto. Después vino Joaquín Suárez. Terminada la Guerra Grande, en 1852, el presidente de la Defensa se retiró a su casa-quinta de Arroyo Seco. Allí murió en 1868.

El barrio, entonces, todavía conservaba algo de aquella geografía de quintas, árboles, terrenos abiertos y caminos que parecían conducir más hacia el campo que hacia la ciudad. Pero Montevideo avanzaba. Y cuando Montevideo avanza, las quintas comienzan a desaparecer.

EL PROGRESO LLEGÓ SOBRE RIELES

En 1857 se licitó una calzada sobre los arenales del Arroyo Seco, cerca de lo que hoy es Agraciada. La ciudad necesitaba comunicarse mejor. Y también necesitaba escapar de sus propios problemas. La fiebre amarilla había golpeado con fuerza y muchos montevideanos buscaban el aire de las chacras del Miguelete. Después llegaron los rieles.

En 1872 comenzó a tomar forma aquel singular Ferrocarril y Tranvía del Norte, destinado al transporte de carne desde los mataderos hacia la ciudad. La estación terminal estaba en Arroyo Seco. Donde hoy se levanta el Palacio de la Luz hubo una estación. Por allí entraba la carne. Por allí salían los vagones. Por allí pasaba una ciudad que se estaba convirtiendo en otra. Y los caballos, las vías y el tranvía empezaban a cambiar para siempre la fisonomía del barrio. Pero Arroyo Seco no solamente transportaba carne. También transportaba ideas.

UN BARRIO QUE APRENDIÓ A EDUCAR

El 21 de mayo de 1871 se instaló cerca del Arroyo Seco la Escuela de los Treinta y Tres, una escuela pública y gratuita dirigida por José Arimany. Después vendría el primer Jardín de Infantes del Uruguay. Primero en un pequeño local de Agraciada. Después, tras distintos traslados, el Estado adquirió parte de la antigua Quinta de Iglesias y construyó allí un edificio especialmente destinado a la educación inicial. Fue inaugurado en 1903. Es difícil imaginarlo hoy. Pero hubo un tiempo en que en aquellas calles convivían quintas enormes, establecimientos industriales, escuelas, iglesias, estaciones, tranvías y terrenos todavía abiertos.

Arroyo Seco era frontera entre dos Montevideos. El que se iba. Y el que llegaba.

Fue el único velódromo de madera que existió en el Uruguay, el Velódromo Nacional o Velódromo de Arroyo Seco, donde los pioneros del ciclismo uruguayo hicieron parte de su historia.


Y ENTONCES APARECIÓ EL DEPORTE

En 1895, la firma Carrara & Volonté inauguró un velódromo en la Quinta de los Iglesias Canstatt. Una pista de madera. Curvas peraltadas. 333,33 metros de recorrido. Jóvenes de familias acomodadas sobre máquinas que eran verdaderas piezas artesanales de avanzada. Y espectadores llegando en carruajes. Hombres con sus ranchos. Mujeres con grandes capelinas. Montevideo mirando cómo sus muchachos corrían alrededor de una pista. Y después ocurrió algo extraordinario.

En 1898, apenas dos años después de la presentación de los hermanos Lumière en París, se registró una de las primeras experiencias cinematográficas del Uruguay con una filmación realizada en aquel velódromo:

“Carrera de bicicletas en el velódromo de Arroyo Seco”. El cine también pasó por aquí. Como pasó todo. El barrio parecía tener una extraña vocación por ser escenario de las cosas que estaban naciendo.

El velódromo el día de su inauguración oficial, 6 de octubre de 1901. Este es el palco oficial, y las damas que concurrieron, reunidas tomando el té y charlando en la “pelousse” (el centro del óvalo del velódromo).

EL CASTILLO DE LOS MUÑOZ

Pero si hay una historia capaz de hacer que uno se detenga, es la del llamado Castillo Muñoz. Una enorme quinta sobre Agraciada y Entre Ríos. Tres pisos. Dos torreones. Veintitrés habitaciones. Salones. Subsuelo. Parque. Árboles. Y aquel arroyo que todavía podía aparecer después de una lluvia fuerte e inundar parte del jardín.

Allí vivieron los Muñoz del Campo. Allí llegaron tres generaciones. Allí José Luis Zorrilla de San Martín pidió la mano de Guma Muñoz del Campo. Y allí, el 24 de febrero de 1919, se celebró el casamiento. Después, en aquel mismo castillo, vivirían José Luis y Bimba. Allí crecerían sus hijos.

Entre ellos, una mujer que años después se convertiría en uno de los grandes nombres de la cultura uruguaya: China Zorrilla. Qué extraño es el destino. Uno puede pasar hoy por Agraciada y Entre Ríos, mirar lo que queda de la ciudad moderna y no imaginar que allí, alguna vez, hubo un castillo.

Un arroyo. Un parque. Una familia. Una historia de amor. Una artista que todavía no sabía que lo sería. En 1936 murieron Enrique Muñoz y Guma del Campo. La familia debió vender la propiedad. El castillo desapareció. Y el tiempo hizo lo que siempre hace: se llevó la casa, pero no pudo llevarse la historia.

El Castillo Muñoz del Campo ubicado en Agraciada y Entre Ríos.

EL BARRIO TAMBIÉN TUVO SU LUZ

En 1899 se construyó la Usina Eléctrica Santiago Calcagno, antecedente de la Central Batlle. Y en 1909, una enorme máquina Franco Tosi, llegada desde Milán, fue puesta en marcha en una ceremonia oficial por el presidente Claudio Williman.

La electricidad también entraba por Arroyo Seco. Los tranvías necesitaban energía. La ciudad necesitaba movimiento. La vieja zona de quintas se transformaba definitivamente en barrio. La Transatlántica instaló allí una enorme estación de tranvías. Y en la desembocadura del arroyo, cerca de la actual Rambla Baltasar Brum y San Fructuoso, funcionó la usina destinada a alimentar aquel nuevo mundo eléctrico.

Arroyo Seco dejó de ser solamente un lugar de paso. Se convirtió en un lugar de trabajo.

LAS CALLES BORRARON LAS QUINTAS

Después vino el siglo XX. Y con él, la ciudad terminó de comerse al campo. El rematador marcó los terrenos. La cinta métrica dividió las propiedades. El escribano puso los papeles. El ladrillo levantó las casas. Las veredas ocuparon los caminos. Las calles recibieron nombres. Los árboles comenzaron a desaparecer. Y el arroyo, que alguna vez corrió libre hacia la bahía, terminó enterrado bajo la ciudad. Pero no desapareció del todo.

Porque un barrio no se construye solamente con ladrillos. Se construye con memoria. Con vecinos. Con clubes. Con escuelas. Con iglesias. Con bares. Con periodistas. Con niños corriendo detrás de una pelota. Con viejos contando cómo era antes. Con fotografías guardadas en una caja. Con alguien que, muchos años después, encuentra una imagen y pregunta:

—¿Y esto dónde era? Entonces el barrio vuelve.

ARROYO SECO, MI BARRIO

Creemos que los barrios tienen memoria propia. Y que algunas calles reconocen a quienes las caminaron. Por eso cuando volvemos a Arroyo Seco no miramos solamente el presente. Miramos debajo. Debajo de la avenida. Debajo de las casas. Debajo del asfalto. Debajo del ruido. Buscamos aquel pequeño curso de agua que dio nombre al lugar. Buscamos las quintas. La casa de Suárez. La vieja residencia de Antonio Pérez. El velódromo. La estación. El tranvía. El castillo de los Muñoz. La usina. La escuela. La iglesia. Y también buscamos a los muchachos que un día, en 1944, se pararon en una esquina de Agraciada y Santa Fe y decidieron fundar un club.

El Wilman. Porque esa también es la historia de Arroyo Seco. La que no aparece en los grandes manuales. La que se juega en las calles. La que se escribe en las sedes de los clubes. La que pasa de abuelo a padre y de padre a hijo. La que sobrevive aunque cambien las casas. Y entonces comprendemos que quizás el viejo arroyo nunca se fue. Simplemente cambió de cauce.

Antes corría hacia la bahía. Ahora corre por la memoria de quienes nacimos, vivimos, soñamos o alguna vez sentimos que Arroyo Seco era algo más que un barrio. Era —y sigue siendo— una manera de pertenecer. Porque hay lugares que desaparecen del mapa. Pero jamás desaparecen de uno.

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