VOLVÍ AL WILMAN. Para una charla soñada con José Pons, el hacedor y creador supremo de la institución barrial.

Esta fue una manera formidable de rescatar del olvido a quienes hicieron posible que una camiseta de barrio se transformara en una historia de más de 80 años.
Y José Pons quedó donde merece estar: en la memoria grande del Wilman.

No quería solamente conocer su nombre. Quería conocerlo. Quería sentarme frente a él. Quería mirarlo a los ojos. Quería preguntarle qué sintió aquella tarde de 1944 cuando cuatro muchachos de Arroyo Seco decidieron que podían tener un club. Quería saber por qué creyó en ellos. Por qué puso dinero cuando no había dinero. Por qué compró, ayudó a comprar o sostuvo aquellas primeras camisetas que necesitaban para empezar a ser un equipo. Quería saber qué vio en aquellos pibes. Y, sobre todo, quería preguntarle algo que solamente alguien como él podía contestar: ¿Por qué valía la pena apostar por el Wilman?

Y la IA hizo algo maravilloso. Me abrió una puerta. No una puerta verdadera. Una puerta de la imaginación, de la memoria, de la historia. Una puerta por la que pude atravesar el tiempo.

EL OTOÑO DE 1944

De pronto, Arroyo Seco ya no era el barrio que yo conocía. Las calles parecían más jóvenes. Las casas tenían otra respiración. Los vehículos habían desaparecido. El ruido de la ciudad parecía venir desde muy lejos. Era el otoño de 1944. Y entonces aparecieron ellos.

Héctor Codevila.
Nelson Barlocco.
Bruno Widman.
Roberto García.

Cuatro muchachos. Cuatro pibes. Cuatro soñadores. Todavía no sabían que aquella conversación iba a cambiar para siempre la historia de un barrio.

El 18 de mayo de 1944, en la esquina de Agraciada y Santa Fe, nació la idea del Club Wilman. No nació entre dirigentes importantes. No nació en un despacho. No nació con grandes recursos. Nació en la calle. Nació de una inquietud juvenil. Nació de esa maravillosa irresponsabilidad de los jóvenes que todavía no saben que algunas ideas pueden durar más que ellos mismos. Y entonces apareció José Pons.


EL HOMBRE QUE PUSO EL HOMBRO

Lo vi. Sí. Lo vi. No como una fotografía vieja. No como un retrato amarillento. No como un nombre perdido en una página de periódico. Lo vi sentado frente a mí. Un hombre de otra época. Un hombre de barrio. Un hombre que parecía conocer perfectamente el secreto de aquellas historias que solamente sobreviven cuando alguien las cuenta.

Me acerqué. Y nos saludamos. No hubo presentación. ¿Para qué? Él sabía quién era yo. Yo sabía quién era él. Nos sentamos. Y hablamos. Como si el tiempo no existiera. Como si entre 1944 y 2026 no hubiera ochenta y dos años de distancia. Como si la vida hubiera decidido regalarme una tarde más. Una tarde imposible. Una tarde wilmense.

“¿USTED SABE LO QUE ERA EMPEZAR SIN NADA?”

Me habló de aquellos muchachos. De las ganas. De las camisetas. De la necesidad de tener una identidad. Y me contó, con la naturalidad de quien nunca pensó que estaba haciendo algo extraordinario, que ayudar económicamente al club era parte de una responsabilidad que sentía con su barrio. Ahí entendí algo.

José Pons no había puesto solamente plata. Había puesto confianza. Y eso es muchísimo más difícil de conseguir. Porque dinero puede faltar o aparecer. Pero la confianza es otra cosa. Él creyó.

Creyó cuando el Wilman todavía era apenas una idea. Creyó cuando había que conseguir las primeras camisetas. Creyó cuando las cuentas no cerraban. Creyó durante las épocas difíciles. Creyó cuando el amateurismo uruguayo obligaba a los clubes a sobrevivir con rifas, beneficios, aportes personales y sacrificios de dirigentes y vecinos. Y mientras hablábamos, yo pensaba: Cuántos clubes de este país nacieron exactamente así. Con alguien que puso una moneda.

Con alguien que prestó una casa. Con alguien que compró una camiseta. Con alguien que pagó un viaje. Con alguien que dijo: “Yo los ayudo.”

José Pons fue ese hombre para el Wilman.

Y EL BARRIO ESTABA AHÍ

Mientras hablábamos, detrás de nosotros estaba Arroyo Seco. El mismo barrio. Pero otro. El Arroyo Seco de los viejos tiempos.

El arroyo que alguna vez corrió hacia la bahía y que terminó escondido debajo de la ciudad. El barrio que ya aparecía mencionado como “Arroyo Seco” en documentos del siglo XVIII. El territorio que conoció chacras, saladeros, caminos, estaciones ferroviarias, tranvías, industrias y personajes fundamentales de la historia montevideana. Un barrio de frontera. De trabajadores. De tránsito. De inmigrantes. De fábricas. De fútbol.

Un barrio que fue cambiando de rostro sin perder completamente su alma. Y quizás por eso el Wilman pudo echar raíces allí. Porque el Wilman nació de la misma materia que Arroyo Seco: trabajo, esfuerzo, solidaridad y pertenencia.

JOSÉ PONS Y EL CLUB DE SUS MUCHACHOS

Le pregunté por el nombre. ¿Por qué Wilman? Y ahí apareció otra historia. Los muchachos habían barajado nombres. Pero necesitaban apoyo para conseguir las primeras camisetas.

Y José Pons tenía un hijo llamado Wilman. Entonces aquel nombre terminó convirtiéndose en camiseta, escudo, bandera, memoria y sentimiento. Wilman.

Una palabra que posiblemente aquel día no significaba demasiado para nadie. Pero que con el tiempo terminaría significándolo todo para muchos. Y José Pons quedó unido para siempre a esa palabra. No porque haya sido solamente un benefactor. Sino porque entendió que un club amateur podía convertirse en una herramienta social. Una casa. Un lugar de encuentro. Una segunda familia.

LA CASA DE AGRACIADA 2612

En nuestra conversación apareció también aquella dirección. Agraciada 2612. La sede. La casa. El refugio.

El lugar donde el Wilman fue creciendo hasta convertirse en una institución profundamente arraigada al barrio. Allí hubo biblioteca. Juegos de salón. Televisión. Básquetbol. Voleibol. Reuniones. Bailes. Cantina. Secretaría. Domingos de fútbol. Conversaciones interminables. Y seguramente también algunas discusiones memorables.

Porque los clubes de barrio son así. No son solamente instituciones. Son pequeñas ciudades dentro de una ciudad. Tienen memoria. Tienen personajes. Tienen héroes. Tienen discusiones. Tienen derrotas. Tienen triunfos. Tienen amores. Y tienen gente que nunca aparece en las fotografías de los campeones, pero sin la cual jamás habría habido campeones.

José Pons fue uno de esos hombres.

“¿Y SABE QUÉ FUE LO MÁS IMPORTANTE?”

En algún momento de aquella charla le hice una pregunta.

—José, ¿usted sabía que el Wilman iba a durar tanto?

Me miró. Sonrió. Y no necesitó responder demasiado. Porque entendí que aquellos hombres no fundaban instituciones pensando en los ochenta años siguientes. Fundaban para mañana. Para el domingo. Para el próximo partido. Para los muchachos. Para el barrio. Para que los gurises tuvieran dónde jugar. Y quizás ahí está el secreto de las instituciones que sobreviven.

No nacen pensando en la eternidad. Nacen haciendo algo bueno hoy. Después es la gente la que las transforma en historia.

LAS GLORIAS Y LAS PENURIAS

El Wilman atravesó décadas. Conoció épocas de gloria en los años cincuenta y sesenta dentro del fútbol amateur. Conoció jugadores. Dirigentes. Campeonatos. Fiestas. Generaciones. Pero también conoció lo que conoce cualquier institución amateur: la dificultad.

Porque sostener un club durante ocho décadas no es solamente ganar. Es sobrevivir. Es volver a empezar. Es resistir cuando faltan recursos. Es encontrar dirigentes. Es conseguir una pelota. Es pagar una camiseta. Es mantener abierta una puerta. Es lograr que alguien vuelva a encender la luz de la sede.

Y por eso hoy, cuando el Wilman busca recuperar protagonismo social y deportivo y atravesó un proceso de refundación institucional, la historia de hombres como José Pons vuelve a ser indispensable. Porque los clubes pueden refundarse. Pueden reconstruirse. Pueden reorganizarse. Pero nunca deben olvidar de dónde vienen.

EL MILAGRO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Cuando terminó nuestra conversación, me quedé unos segundos en silencio. Pensé en lo absurdo y maravilloso de todo aquello. Yo, un periodista de 2026. Sentado con un hombre del Arroyo Seco de 1944.

Hablando del Wilman. Hablando de camisetas. Hablando de muchachos. Hablando de barrio. Hablando de dinero. Hablando de sacrificios. Hablando de sueños.

Y pensé que quizás la Inteligencia Artificial no había hecho realmente un viaje en el tiempo. Quizás había hecho algo todavía más importante. Había ayudado a devolverme la memoria. Porque el verdadero viaje no fue hacia 1944. El verdadero viaje fue hacia adentro. Hacia el lugar donde guardamos las cosas que amamos. Y allí estaba José Pons. Esperándome.

La icónica proa de Avenida Agraciada y Paraguay, símbolo majestuoso de Arroyo Seco.



VOLVÍ AL WILMAN

Cuando regresé al presente, Arroyo Seco volvió a ser el de hoy. Los edificios. Los autos. El tránsito. Las calles. Los árboles. La ciudad moderna. Pero algo había cambiado.

Porque ahora, cuando miro una esquina del barrio, ya no veo solamente una esquina. Veo cuatro muchachos. Cuando pienso en una camiseta, ya no veo solamente una camiseta. Veo a José Pons poniendo el hombro.

Cuando escucho el nombre Wilman, ya no escucho solamente el nombre de un club. Escucho ocho décadas de historias. Y cuando pienso en aquel 18 de mayo de 1944, entiendo que las grandes historias no siempre empiezan con grandes hombres.

A veces empiezan con cuatro pibes y un vecino que decidió creer en ellos.


La hoy Avenida Agraciada esquina Santa Fe, en el barrio Arroyo Seco

GRACIAS, JOSÉ

Antes de despedirnos, le dije algo que quizás no pude decirle con la fuerza suficiente. Gracias.

Gracias por haber creído. Gracias por haber ayudado. Gracias por haber puesto dinero cuando hacía falta. Gracias por haber entendido que el deporte amateur también podía construir ciudadanía. Gracias por haber sido un hombre de barrio. Gracias por haber ayudado a que el Wilman existiera.

Porque si aquel día de 1944 aquellos muchachos tuvieron camisetas, quizás fue porque alguien decidió que sus sueños merecían una oportunidad. Y esa oportunidad también lleva un nombre: José Pons.

EL TIEMPO PASA. EL WILMAN QUEDA.

Hoy el Club Social y Deportivo Wilman tiene más de ocho décadas de historia. El barrio cambió. Montevideo cambió. El fútbol cambió. El mundo cambió. Pero hay algo que permanece.

La necesidad de pertenecer. La necesidad de encontrarse. La necesidad de tener una camiseta que diga: “Esta es mi casa.”

Por eso hice este viaje. Porque quería volver. Quería encontrarme con un hombre que fue pilar en la proyección del club de mis amores. Y la Inteligencia Artificial me concedió ese privilegio imaginario.

Me permitió sentarme frente a José Pons. Me permitió tratarlo como lo que fue y seguirá siendo para la memoria del Wilman: un hombre especial.

Un hombre wilmense. Uno de esos hombres que no aparecen siempre en las grandes estadísticas. Pero que están detrás de ellas. Uno de esos nombres que quizás el tiempo intenta esconder entre papeles viejos. Pero que el amor por un club vuelve a pronunciar. Y mientras haya alguien que recuerde aquella esquina de Agraciada y Santa Fe…

Mientras alguien vuelva a nombrar a aquellos cuatro muchachos… Mientras alguien recuerde las primeras camisetas… Mientras alguien abra una vieja fotografía… Mientras alguien vuelva a abrir las puertas de Agraciada 2612… José Pons seguirá allí.

Y yo, desde este extraño presente que me tocó vivir, puedo decir que tuve el privilegio de volver al pasado. Me senté con él. Tomamos mate. Hablamos del Wilman. Y por un instante… el tiempo dejó de existir.

Porque hay historias que no necesitan máquinas para viajar. Solamente necesitan memoria. Y amor.

Amor por un barrio. Amor por una camiseta. Amor por un club. Amor por el Wilman.

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