Los Fantasmas de La Laguna y el Montevideo que Aún Respira en la Suela
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Mis pasos vuelven a golpear el asfalto gastado del Centro. Camina uno con los años creyendo que se conoce cada baldosa, cada sombra y cada esquina de este Montevideo. Y, sin embargo, la calle siempre guarda una última carta en la manga para dejarte en absoluto silencio. ¡Cuántas veces habré recorrido estas mismas arterias sin saber que estaba pisando el territorio de La Laguna! ¿Cómo iba a saberlo? Uno anda desapercibido por las calles San José, Canelones y Soriano, mirando los comercios de distintos rubros, sin sospechar que debajo de este ajetreo comercial existió, allá a mediados del siglo XIX, un barrio entero de los antiguos suburbios que le debía su nombre a una laguna de aguas pluviales. Una laguna que se formaba cuando las lluvias corrían encajonadas por zanjones y barrancos hasta embalsarse entre Soriano (entre Convención y Río Branco), San José y Canelones. Ahí, en ese zona que hoy transitamos apurados, late una memoria insólita.
TENGOCALLE /Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.

Mulas, Cuarteles y Soldados Franceses
Hoy que lo sé, miro el entorno y la calle me empieza a hablar en otro idioma. Hacia 1850, en plena Guerra Grande, estas manzanas no sabían de vitrinas ni de asfalto. Eran un terreno accidentado y salvaje que debieron aplanar e igualar unas fuerzas francesas de 1.500 hombres llegadas de África en tres fragatas al mando del coronel Du Chateau. Venían enviados por la Asamblea Nacional de Francia tras las gestiones de Melchor Pacheco y Obes, alojándose en los viejos cuarteles de Andes entre Soriano y San José, y Daymán (hoy Julio Herrera y Reissig) entre 18 y Colonia.
Fueron esos mismos soldados europeos quienes trabajaron a pico y pala entre Cuareim y Río Negro para crear un polígono de ejercicios militares. Los mismos que levantaron en la Playa Santa Ana un promontorio para prácticas de tiro bautizado como “El Terremoto” (frente a la actual Escuela de Artes y Oficios), y los que desataron la furia del General Manuel Oribe cuando organizaron un simulacro de combate entre el saladero de Ramírez y el monte de “Los Sauces” (donde hoy se alza el Parque Hotel). Oribe, sospechando de los franceses, mandó a avisar con un emisario que si tocaban la línea neutral de la actual calle Patria, abría fuego de artillería sin asco.
Por estas mismas esquinas donde hoy pasa el ómnibus, caminaba la buena doña Margarita Laugarou, vasca de pura cepa; se extendía la quinta de Pittaluga cercada de pitas; se levantaba el conventillo de don Ángel; o se amarraban los caballos de los parroquianos en el poste del almacén de Recayte. Vivían los Bergerós —cuya estirpe dio al Presidente José Serrato—, los Herrán, los Nicola, los Lausuq, los Treitivo y los Boucau. Una aldea completa tapada por el progreso.

La San José de los Sabores e Historias al Aire
Pero si uno baja la vista de la historia decimonónica y se sitúa en la memoria más cercana, la piel vuelve a erizarse. Giro hacia la calle San José y el aroma del pasado se me mete de golpe en la nariz.
Me veo de nuevo, más joven, con esa hambre voraz de las largas caminatas barriales, metiéndome al Bar Hispano a saborear esa porción de fainá dorada, crocante y perfecta, que te devolvía la vida al cuerpo. Y ahí nomás, justo enfrente, en la misma calle San José, el legendario e inolvidable Chorizo Pinchado. Un lugar diminuto, apretado, donde sentarse a la barra era una ceremonia sagrada. ¡Ahí se comía la mejor y más grandiosa milanesa con fritas que haya existido en la historia del Uruguay! Sincera, desbordante, con papas doradas de verdad; una gloria gastronómica que compartíamos codo a codo con el canillita, el bancario o el vecino de paso.
Cuando las finanzas lo permitían, el rumbo torcía hacia la esquina dorada de Convención y 18 de Julio: The Manchester. Entrar ahí era un rito de distinción bohemia. Sentarse a la mesa para disfrutar de sus interminables platitos de copetín mientras la marea humana de la avenida desfilaba del otro lado de los cristales. Y si bajabas por Convención rumbo a San José, te topabas de frente con el templo de la comunicación: Radiomundo. Cruzar su umbral era respirar el aire místico del radioteatro, de los micrófonos de pie y de las voces doradas que mantenían en vilo al país entero.

La Verdad del Asfalto
Ni que hablar de la vida palpitante que desbordaba en las comercios de Soriano, San José y Canelones. Una trama humana y comercial que durante décadas le dio identidad a Montevideo.
Hoy miro la vereda con otros ojos. Camino sobre las aguas invisibles de La Laguna, sobre el polvo que levantaron los caballos atados en Recayte y sobre el eco de la radio y los copetines. Las fachadas habrán cambiado y las modas habrán pasado, pero la memoria de la calle no se borra.
Tengo calle. Y mientras sigamos caminando con el corazón despierto, el Montevideo de ayer seguirá respirando en cada esquina.