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Hacia la década de 1870, el mapa de la República mostraba una anarquía preocupante. La legislación urbana heredada de la Colonia era poco más que un adorno en el papel sellado: obsoleta, inaplicable y violada sistemáticamente por el ímpetu de los nuevos tiempos. Fue en ese vacío normativo donde la Dirección General de Obras Públicas intentó poner orden. Su director, el agrimensor Melitón González, ideó un ambicioso instrumento: el Reglamento para el Trazado de Pueblos y Colonias, decretado en 1877. Sin embargo, lo que prometía ser el diseño del Uruguay moderno terminó convirtiéndose en uno de los experimentos urbanísticos más resistidos y frustrados de nuestra historia.
TENGOCALLE /Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.

La Utopía Anular de Melitón González
González no rompió del todo con el pasado. De las viejas Leyes de Indias conservó dogmas que creía eternos, como el sabio trazado de calles a medios rumbos para esquivar los vientos de frente. Pero en todo lo demás, intentó reemplazar la vieja matriz española por un modelo abstracto, geométrico y universal, diseñado desde un escritorio para guiar la creación de centros agrícolas con un núcleo urbano en su corazón.
El diseño era una sinfonía de números rígidos:
[ Avenidas de 50m cortadas en Cruz ] ──> [ Centro Urbano: Manzanas de 100m x 200m ]
└──> [ Plaza Gigante de 250m x 450m ]
└──> [ Cinturón Anular de Quintas ]
└──> [ Lotes Exteriores de Chacras ]
El Cruce Axial: Todo partía de dos avenidas perpendiculares de 50 metros de ancho que se cortaban en el centro exacto.
Amanzanado Anular: La innovación más audaz fue la conducción del crecimiento. Para evitar los poblados desparramados y llenos de baldíos, la expansión debía hacerse del centro hacia la periferia en sucesivos anillos. El núcleo crecía dividiendo las quintas contiguas en manzanas de 100 x 200 metros, fraccionadas en ocho solares de 50 por 50 metros. En la teoría, cada etapa entregaba un pueblo terminado.

La Plaza Desierta y el Muro de la Topografía
El modelo sobre el papel era perfecto, pero al chocar contra el terreno y la lógica de los vecinos, la teoría crujió. El agrimensor Carlos Bürmester encabezó la crítica técnica, señalando dos grandes absurdo del Reglamento:
1. La Plaza Monumental que Ahuyentó al Comercio
El Reglamento exigía una plaza central de 250 por 450 metros (¡más de 14 hectáreas incluyendo calles!). Una desproporción abrumadora para la escala de la campaña oriental. En el trazado del pueblo Nico Pérez, Bürmester comprobó que semejante vacío funcionaba como un verdadero desierto que aislaba a los vecinos. El comercio de la zona eludió la plaza de forma espontánea y prefirió instalarse a lo largo de la avenida de 50 metros, donde la escala humana aún permitía la vida social.
2. La Dictadura de la Línea Recta sobre la Cuchilla
El Reglamento imponía la grilla matemática a los campos agrícolas sin mirar si había un cañadón, un cerro o un bañado. Bürmester demostró que trazar caminos en línea recta obligaba a construir puentes costosos en zonas bajas e inundables, dejando las aguas distribuidas de forma desigual entre los predios.
Frente a esta ceguera geométrica, el propio Bürmester —junto a técnicos como Fridolín Quincke y Luis Machado— propuso un trazado orgánico: caminos por las cuchillas y lomadas (donde el suelo es firme) y fondos de chacras al cañadón para garantizar el agua de todos. Este criterio victorioso dio vida a la Colonia Paullier en San José (1883) y la Colonia Río Negro en Tacuarembó (1889).

La Rebelión del Especulador
Si la crítica técnica fue dura, la resistencia del capital fue implacable. Para el fundador especulador, cuyo único objetivo era fraccionar la tierra rápido para venderla al mejor precio, el Reglamento era una pésima noticia. Ceder 14 hectáreas para una plaza y trazar avenidas de 50 metros significaba perder valiosísimos metros cuadrados de venta.
Por eso, la inmensa mayoría de los rematadores y dueños de campos simplemente ignoraron la ley. Entre 1877 y 1946, florecieron decenas de pueblos que mantuvieron el damero tradicional y apretado, haciendo caso omiso a las avenidas y anillos de Melitón González:
- Los Rebeldes: Poblados como Curtina (1884), Conciliación (1890) o Algorta (1908) se trazaron a la antigua, como si el Reglamento no existiera.
- Las Excepciones Raras: El Pueblo Santa Isabel (hoy Paso de los Toros) en 1877 fue el único que aplicó la norma con relativo rigor. Nico Pérez (1882) y Joaquín Santana (actual Baltasar Brum) en 1918 se alinearon a medias, pero sufriendo severas modificaciones.
Un Decreto Olvidado en el Cajón
La inobservancia fue tan escandalosa que el Poder Ejecutivo intentó dar un “golpe de mesa” mediante un decreto el 1º de agosto de 1910, reiterando la vigencia obligatoria del Reglamento de 1877. Nadie hizo caso. Durante 36 años más, la campaña uruguaya siguió amanzanándose al impulso de la especulación privada y el pragmatismo del agrimensor de turno.
El Reglamento de 1877 caducó finalmente en 1946 con la promulgación de la Ley de Centros Poblados, habiendo fracasado en sus dos metas: no logró imponer su trazado geométrico único ni consiguió que los pueblos crecieran de forma anular y ordenada.
Al recorrer los pueblos de nuestro interior, el trazado de sus calles todavía cuenta esa historia silenciosa: la victoria de la topografía viva y el negocio del suelo sobre el sueño abstracto de una geometría perfecta.
Fuente: HISTORIA DE LOS PROBLEMAS DE LA ARQUITECTURA NACIONAL
FUNDACION DE POBLADOS EN EL URUGUAY
RICARDO ALVAREZ LENZI