En el imaginario colectivo, el trazado de nuestras ciudades suele concebirse como un producto natural del paisaje o una simple decisión caprichosa de antiguos agrimensores. Sin embargo, la geografía urbana del Uruguay guarda en sus entrañas una fascinante batalla doctrinaria: la tensión secular entre el mandato imperial emanado de la metrópoli hispánica y la terquedad de una campaña indómita. Estrictamente considerados, a lo largo de nuestro proceso histórico nacional solo tres instrumentos jurídicos han pretendido ordenar nuestro suelo: las venerables Leyes de Indias (vigentes formalmente hasta 1877), el Reglamento para el trazado de Pueblos y Colonias de 1877 y la Ley de Centros Poblados de 1946. Todo lo demás —el incalculable alud de decretos y leyes particulares— no ha sido más que un simple andamiaje administrativo para bautizar núcleos o elevar su rango burocrático. De aquel trío, el modelo indiano no solo fue el más longevo, sino el que cinceló la matriz profunda de nuestra identidad territorial.


La «Ciudad-Territorio»: Un Artefacto Concéntrico

El modelo que la Corona española recopiló en 1680 (bajo el mandato del Rey Carlos II) no concebía la ciudad como una mera aglomeración de casas, sino como una «ciudad-territorio»: un organismo autosuficiente, herméticamente delimitado y estructurado en capas concéntricas perfectamente articuladas:

[ Casco Amanzanado / Solares ]
└── [ Ejido (Espacio libre, defensa y futuro crecimiento) ]
└── [ Dehesas y Propios (Pastoreo común y fondos del Cabildo) ]
└── [ Chacras y Estancias (Producción agrícola-ganadera) ]

Los Solares del Pueblo: El damero reticular, protegido por palizadas o murallas.

El Ejido: Una franja baldía, de uso comunitario, reservada para la ventilación, el solaz de los vecinos, la carga de las mieses y la futura expansión urbana.

Las Dehesas y los Propios: Tierras comunitarias destinadas al pastoreo de bueyes y caballos, o a la generación de rentas para el Cabildo mediante arriendos (mataderos, hornos de ladrillo, canteras).

Las Chacras y Estancias: Las «suertes» rurales para el sustento agrario que llegaban hasta los “términos” o límites jurisdiccionales.


La Transgresión Oriental: Cuando la Realidad Dobló a la Ley

Las Leyes de Indias exigían un cumplimiento «universal e insoslayable». Se ordenaba y mandaba que se guardaran y ejecutaran como pragmática sanción. No obstante, al cruzar el Río de la Plata y adentrarse en la Banda Oriental, ese rigor legalista se topó con un muro infranqueable.

El apartamiento de la ley se dio en dos frentes clave:

1. El colapso de la «Capitulación»

El mecanismo legal ordinario para fundar un pueblo era la capitulación: un inversor privado (el capitulador) arriesgaba su capital a cambio de mercedes señoriales. Pero en la Banda Oriental nadie quería capitular. La hostilidad de los indígenas, la presencia de “gentes de mal vivir” y la falta de metales preciosos ahuyentaban el capital privado.

Ante la inminente amenaza del avance portugués, la Corona española no pudo esperar a los empresarios particulares: el Estado debió suplir al capitulador. Las fundaciones orientales se hicieron a expensas del Erario Real mediante comisionados, violando la doctrina original para poder clavar la bandera de la soberanía.

La picardía del fundador

A nivel físico, los fundadores coloniales adaptaron el rígido código a la modesta realidad local, guiados a veces por la simple ignorancia y otras por un pragmatismo indiscutible:

Una regla inquebrantable: Si bien se violaron proporciones, pórticos y jerarquías, hubo un mandato indiano que jamás se transgredió en las fundaciones uruguayas: las calles debían trazarse a medios rumbos (es decir, en diagonales Nordeste-Suroeste y Noroeste-Sureste) para evitar que los vientos dominantes azotaran de frente las fachadas.

De las Metrópolis a las Sufragáneas: La Escala del Suelo

Las jurisdicciones asignadas a los poblados mostraron una disparidad colosal. Por un lado emergieron verdaderas «ciudades metropolitanas» con territorios gigantescos:

Por el contrario, los poblados sufragáneos recibían un entorno local acotado: solares, ejido, propios y chacras agrícolas cercanas. La ganadería mayor, en cambio, se realizaba en las «suertes de estancia» (de media legua de frente por una y media de fondo: 2.700 cuadras cuadradas) ubicadas mar afuera, en la inmensidad de la jurisdicción metropolitana.

La Paradoja del Puerto Ignorado

Quizá la mayor ironía del urbanismo colonial en nuestro territorio reside en la propia Montevideo. Las Leyes de Indias prohibían expresamente ubicar fundaciones agrarias en parajes marítimos para evitar que la tentación del comercio distrajera a los vecinos del cultivo de la tierra.

Sin embargo, acosada por los portugueses, España tuvo que fortificar la mejor bahía natural del Río de la Plata. ¿Y qué hizo la Corona? Fundó Montevideo sobre una península estratégica, pero la diseñó con la estructura de una ciudad mediterránea, haciéndole la espalda a su vocación portuaria para convertir a sus primeros pobladores en agricultores de Miguelete y ganaderos de Pando.

Un Legado que Rompe el Monopolio de la Historia

Al revisar los viejos planos trazados a cordel y regla por hombres como Rafael Pérez del Puerto o Félix de Azara, queda al descubierto que el territorio uruguayo no se construyó por casualidad. Se erigió en la tensión constante entre la norma que venía de ultramar y la realidad de una frontera indómita.

Hoy, cuando el mapa de las noticias y la construcción del contenido ya no son monopolio de unos pocos, rescatar el origen de nuestros centros poblados nos recuerda la premisa que guía nuestro oficio periodístico: la verdad nos une. Comprender la forma en que habitamos la tierra es el primer paso para analizar, investigar y contar la realidad sin falsos mitos ni curreros.

La Metamorfosis de la Ciudad Liberal: Del Rigor Hispánico al Negocio de Tierras en el Uruguay Republicano

Especial para periodistasenred.uy

La Muerte de la «Ciudad-Territorio»

La alteración más drástica en esta transición fue la pérdida del carácter orgánico de la ciudad-territorio colonial. Aquella estructura concéntrica, terminada y perfectamente ensamblada con su entorno rural, quedó reducida casi exclusivamente al núcleo amanzanado urbano.

En las fundaciones promovidas por el Estado (como San Pedro del Durazno, Belén, Cuareim, Santa Rosa o Villa de Ceballos), se mantuvo una cintura rural fraccionada en chacras y quintas conocida como ejido. Pero este ejido republicano cambió radicalmente su naturaleza:

EJIDO COLONIAL EJIDO REPUBLICANO / LIBERAL
─────────────────────────────── ───────────────────────────────

Para el Estado, regalar o vender este nuevo ejido era la carnada perfecta para fijar familias en zonas despobladas o reafirmar la soberanía nacional en las fronteras calientes. Por el contrario, los privados que fundaban pueblos raramente preveían un ejido, salvo cuando veían la oportunidad de expandir el negocio inmobiliario al campo contiguo.

El Damero Mutilado y el Asalto de los Especuladores

Al desaparecer las defensas militares y las contenciones físicas de la época colonial, los cascos urbanos quedaron expuestos a un crecimiento irrestricto e ilimitado. En la segunda mitad del siglo XIX, la tierra se convirtió en una mercancía financiera y el damero plano en el instrumento de los loteadores.

Mientras que el Estado disponía de predios amplios para trazar rectángulos o cuadrados perfectos, el loteo privado sufría la “mutilación catastral”. El agrimensor trazaba la grilla tradicional de manzanas de 100 varas (que pasarían a ser de 100 metros tras la adopción del sistema métrico decimal en 1862), pero al chocar contra los límites irregulares del campo del privado, las manzanas quedaban cercenadas, dando origen a formas incompletas y asimétricas.

Poblados como San Ramón (iniciado por Juana Quintana y extendido por los hermanos Gayoso), San Bautista, 25 de Agosto o Curtina son testimonios vivos de esa ciudad inconclusa: retazos de calles ortogonales a los que siempre se les podía pegar otra manzana sin cambiar su calidad.

Las Dos Grandes Excepciones: Belén y Sarandí del Yí

Dentro de la vertiginosa era liberal, dos poblados emergieron como anomalías fascinantes:

1. Villa de Belén (1873) – El fantasma del orden indiano

Fundada por el Estado para asentar familias sin tierra y revitalizar una región marginada, Belén se erigió como el pueblo más indiano de la era republicana. Su trazado abarcó seis suertes de estancia (4,5 leguas cuadradas) y recreó casi a la perfección el modelo colonial:

2. Sarandí del Yí (1876) – El espejo de la especulación

Surgido por iniciativa privada para el lucro de tierras, Sarandí del Yí presenta una sorprendente similitud formal con Belén. ¿La razón? El agrimensor Demetrio Isola, contratado por los privados, replicó las mismas instrucciones que el Gobierno le había dado años atrás para diseñar Belén. La diferencia radicó en la sustancia: en Sarandí del Yí, el esquema concéntrico no buscaba la armonía comunitaria de las Leyes de Indias, sino extender la especulación inmobiliaria a las quintas y chacras de las afueras.

La Lección de la Historia

La transición hacia la ciudad liberal en Uruguay demuestra que cuando el interés privado sustituyó la planificación integral del suelo, el trazado urbano se volvió fragmentado y dependiente del mercado.

En periodistasenred.uy sabemos que investigar la formación de nuestras comunidades no es un mero ejercicio de nostalgia, sino una herramienta para entender las desigualdades y la ordenación del territorio en el presente. Fieles a nuestro lema, LA VERDAD NOS UNE, seguiremos rescatando estas crónicas que revelan el hilo invisible entre el pasado histórico y la realidad que hoy habitamos.

Fuente: HISTORIA DE LOS PROBLEMAS DE LA ARQUITECTURA NACIONAL
FUNDACION DE POBLADOS EN EL URUGUAY
RICARDO ALVAREZ LENZI

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