Los siglos XVI y XVII marcaron una larga espera antes del nacimiento urbano de la Banda Oriental
Mucho antes de que existieran Montevideo, Maldonado o Minas, el actual territorio uruguayo era una vasta extensión de campos, montes y ríos habitada por pueblos originarios que desarrollaban una forma de vida nómada, sin asentamientos urbanos permanentes. Durante casi dos siglos, la Banda Oriental permaneció al margen de la gran ola fundacional española que dio origen a decenas de ciudades en América. Mientras Lima, Bogotá, Santiago de Chile, Córdoba o Asunción crecían como centros políticos y comerciales del Imperio Español, el territorio oriental apenas era recorrido por expediciones esporádicas que, en la mayoría de los casos, terminaban frustradas por la resistencia de los pueblos charrúas. España había tomado posesión formal del Río de la Plata tras el viaje de Juan Díaz de Solís en 1516, pero la Banda Oriental no despertaba interés. No existían minas de oro ni plata, principal motor de la conquista, y el territorio parecía ofrecer más dificultades que beneficios.

RED URUGUAY ENTERO/Desde la frontera Rivera Livramento EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.

Los intentos fundacionales de San Juan (1552) y San Salvador o Nueva Vizcaya (1573) tuvieron una vida efímera. La firme oposición indígena y la falta de interés económico impidieron consolidar aquellas poblaciones. Sin embargo, comenzaron a surgir hombres que comprendieron el valor estratégico de este territorio. Hernando Arias de Saavedra, conocido como Hernandarias, recorrió la región a comienzos del siglo XVII y propuso fundar una población en el puerto de Montevideo para proteger Buenos Aires. La Corona ignoró aquella recomendación, aunque el propio Hernandarias dejó una herencia decisiva: introdujo la ganadería, actividad que con el tiempo transformaría la economía oriental.
Pocos años después, el gobernador Francisco de Céspedes impulsó un proyecto diferente. En lugar de avanzar mediante la guerra, buscó la integración de los pueblos originarios a través de las misiones franciscanas y jesuíticas. De esa experiencia nacieron poblaciones como Santo Domingo Soriano, el asentamiento europeo más antiguo que ha perdurado en el actual Uruguay. Pero la verdadera transformación llegaría hacia fines del siglo XVII.
La riqueza ganadera convirtió a la Banda Oriental en un territorio codiciado. Portugal intensificó su expansión desde Brasil y en 1680 fundó Colonia del Sacramento frente a Buenos Aires, un hecho que alteró definitivamente el equilibrio regional.
España comprendió entonces que la única manera de asegurar la soberanía sobre estas tierras era poblarlas.
Comenzaron así a definirse los antiguos caminos coloniales: el Camino del Litoral, el Camino de la Costa y el Camino del Centro. Más que simples rutas, fueron el esqueleto sobre el cual nacerían posteriormente pueblos, villas y ciudades.
Guardias militares, puestos de vigilancia y pequeñas poblaciones fueron apareciendo lentamente, preparando el escenario para la gran etapa fundacional del siglo XVIII.
La historia urbana del Uruguay, por lo tanto, no nació por casualidad. Surgió como respuesta a una disputa geopolítica entre imperios, impulsada por la ganadería, el comercio y la necesidad de defender un territorio que durante casi doscientos años pareció olvidado.
Porque antes de las calles, las plazas y las ciudades… existió un inmenso país sin mapas urbanos, donde la historia comenzó mucho antes de que se levantara el primer muro.
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Historias para caminar el Uruguay invisible.

#TengoCalle | Cuando Uruguay comenzó a poblarse desde el corazón del territorio
De la defensa a la organización del país: los poblados que nacieron para construir una nación
La independencia no solo cambió las banderas. También transformó profundamente la forma de poblar el territorio. Si durante la dominación española las ciudades habían nacido casi exclusivamente para defender las fronteras frente a portugueses, piratas y corsarios, el Uruguay que comenzó a emerger después de la Revolución Artiguista debió enfrentar un desafío muy diferente: construir un país prácticamente vacío en su interior.
La etapa que se extiende desde los últimos años del período colonial hasta el final de la Guerra Grande representa uno de los momentos más complejos de la historia nacional. Fueron décadas atravesadas por guerras de independencia, la ocupación luso-brasileña, enfrentamientos civiles e inestabilidad política. En ese escenario, la fundación de nuevos pueblos disminuyó considerablemente, pero cada nueva población respondía a necesidades muy concretas. Ya no existía una única razón para fundar ciudades. Las causas comenzaron a multiplicarse.
Artigas pensó el territorio como una estrategia nacional
José Artigas comprendía que un territorio vacío era un territorio vulnerable. Por eso impulsó poblaciones que cumplían funciones militares y estratégicas para sostener la defensa del proyecto federal.
Villa Purificación, sobre el río Uruguay, se convirtió en la capital política del artiguismo, mientras que Villa Otorgués, cercana al arroyo Cordobés sobre el río Negro, integró un sistema defensivo destinado a contener el avance portugués junto a otros asentamientos proyectados en el norte del país. Pero el Protector de los Pueblos Libres también entendía que poblar era una cuestión social.
En 1816 dispuso la creación de El Carmelo, trasladando allí a los habitantes del antiguo pueblo de Víboras, cuyos vecinos sufrían graves dificultades económicas y reclamaban desde hacía años un lugar con mejores condiciones para vivir y desarrollarse. La nueva ubicación sobre el puerto de Las Vacas ofrecía mejores posibilidades comerciales y productivas. Era una visión moderna: mejorar la calidad de vida mediante el ordenamiento del territorio.
Los portugueses también fundaron pueblos
Durante la ocupación luso-brasileña las autoridades comprendieron que mantener dispersa a la población generaba inseguridad y facilitaba los conflictos.
Su política fue concentrar familias campesinas en nuevas poblaciones, otorgándoles tierras para cultivar, herramientas y animales de trabajo. El objetivo tenía una doble finalidad. Por un lado, aliviar la pobreza rural. Por otro, facilitar el control político y militar del territorio. En ese contexto nació San Pedro del Durazno, fundada en 1822 por Fructuoso Rivera cuando aún actuaba bajo las autoridades portuguesas.
Años después, el propio Rivera explicaría que aquella villa buscaba reunir familias sin recursos, proteger la campaña de las incursiones indígenas y establecer un centro permanente de policía rural.

El nacimiento de las ciudades administrativas
Mientras el país comenzaba lentamente a organizarse, surgía otro problema: enormes extensiones carecían completamente de autoridades civiles. No había jueces, funcionarios ni representación estatal.
Rivera observó esa realidad y propuso crear nuevos centros urbanos que permitieran administrar el territorio. Así aparecieron proyectos para desarrollar poblaciones como Puerto San José, Belén y Salto.
Poco después, en 1831, su sobrino Bernabé Rivera concretó la fundación de San Fructuoso, hoy Tacuarembó, destinada a transformarse en el gran centro administrativo del norte uruguayo. Las ciudades ya no solo defendían fronteras. También acercaban el Estado a los habitantes.
Cuando la economía comenzó a decidir dónde nacían las ciudades
En estos años también aparecieron poblaciones impulsadas exclusivamente por razones económicas.
Uno de los ejemplos más claros fue Nueva Palmira. Su extraordinario puerto la convirtió rápidamente en un punto estratégico para el comercio entre el Río de la Plata, el Paraná, el Paraguay y el río Uruguay. Desde allí salía buena parte de la producción regional, mientras la instalación de la Aduana General fortalecía aún más su crecimiento.
Otro caso fue Villa Cosmópolis, hoy Villa del Cerro, nacida para alojar a los trabajadores de los grandes saladeros instalados junto a la bahía de Montevideo. Era el inicio de una urbanización impulsada directamente por el desarrollo industrial.
Un país que comenzaba a dibujarse
A diferencia del período colonial, cuando casi todas las ciudades surgían sobre las costas o junto a las fronteras por razones militares, el Uruguay poscolonial comenzó a poblarse siguiendo múltiples necesidades.
Algunas localidades nacieron para defender. Otras para producir. Muchas para organizar políticamente el territorio. Y varias para ofrecer un futuro mejor a familias que buscaban tierra, trabajo y estabilidad.
Cada pueblo representaba una respuesta distinta a un país que intentaba convertirse, lentamente, en una verdadera nación. Porque la historia del Uruguay no se escribió únicamente en los campos de batalla. También se escribió en cada pueblo que fue naciendo para poblar un territorio inmenso, integrar a su gente y comenzar a construir el mapa humano del país que hoy conocemos.
#TengoCalle continúa recorriendo esa historia, descubriendo cómo cada rincón del Uruguay guarda el origen de una decisión que cambió para siempre el destino nacional.
Fuente: FUNDACION DE POBLADOS EN EL URUGUAY
Fotos: Antiguas de Tacuarembó

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