Segunda entrega de las crónicas del Montevideo de ultratumba. Ajusten los vicios de la imaginación: hoy caminamos entre el barro del olvido y el espanto cotidiano de nuestros ancestros.

Si la vez pasada te conmoviste con el lujo de los velorios coloniales, preparate. Volvimos a abrir los cuadernos prohibidos de Rómulo Rossi en la Biblioteca Nacional y lo que encontramos no es apto para estómagos sensibles. El Montevideo de la primera mitad del siglo XIX no era romántico; era una urbe donde la muerte convivía con el vecino de una manera tan cruda, tan explícita y tan espeluznante que hoy nos parecería una película de terror psicológico. Cerrá los ojos e imaginate caminando por lo que hoy es la Avenida 18 de Julio o la calle Andes. Olvidate de las luces. Sentí el olor. Bienvenido al verdadero Montevideo Antiguo.

La larga y tétrica “pateada” al Cementerio Viejo

Imaginate el cuadro: invierno, un frío que raja las piedras y un ser querido que acaba de expirar. En la década de 1810 o 1820, el “campo santo” quedaba en extramuros (Andes y Durazno). Para llegar ahí desde la Ciudadela, los deudos tenían que emprender lo que los viejos llamaban una larga y agónica “pateada”.

No había calles. Era un despoblado hostil, un fango intransitable cubierto de abrojales ásperos, ortigas y altos cicutales —plantas venenosas que crecían con la humedad de la costa—. Como los carruajes eran un lujo casi inexistente, el ataúd se llevaba a pulso, sobre los hombros de hombres que resbalaban en los zanjones. Cuando el peso era demasiado o los portadores flaqueaban, el féretro terminaba siendo arrastrado toscamente sobre una modesta rastra de madera o de cuero, dando tumbos entre el barro.

Al llegar, te recibían sepulcros con ínfulas de grandeza que hoy rozan el delirio. El que más llamaba la atención de los curiosos era el de doña Bárbara Menéndez de Barreiro, cuyo rimbombante epitafio rezaba sin pudor:

“Aquí yacen los restos de la reina madre doña Bárbara Menéndez de Barreiro”.

Una monarquía de barro y cicutas.

La farsa del muerto empaquetado: Ataúdes de alquiler

La pobreza en ese Montevideo era negra y fría. Si eras un “pobre diablo” sin un peso en el bolsillo, te esperaba el destino del “cuerpo gentil”: te subían a una camilla del convento franciscano, completamente desnudo o envuelto en un lienzo viejo, y te tiraban directo a la fosa. Sin madera. Piel contra tierra.

Pero la hipocresía social siempre ha sido fuerte. Para aquellos deudos que querían “figurar” un estatus que no tenían, el Hospital de Caridad ofrecía un negocio macabro: el alquiler de féretros por un peso.

El ataúd vacío regresaba al Hospital, limpio y listo para el siguiente muerto que necesitara aparentar un viaje digno.

El Cementerio Central y las avestruces de los “herejes”

En 1835, el presidente Manuel Oribe decidió terminar con el colapso de la calle Andes e inauguró el “Cementerio Nuevo” (hoy Cementerio Central), ubicado estratégicamente al lado de los Mataderos y Corrales de Abasto. Sí, el olor a sangre vacuna y el olor a muerte compartían el mismo viento.

Oribe reguló todo por decreto: creó tres categorías de carros fúnebres (la primera clase costaba la fortuna de $16.00 y la de pobres $4.00) y prohibió definitivamente enterrar en las iglesias. Como dato curioso, el mismísimo Oribe compró el primer nicho por cuarenta pesos, y el primer cuerpo en habitarlo fue el de su pariente, doña Josefa Oribe de Contucci.

Mientras tanto, en el predio que hoy ocupan el Palacio Municipal y la plaza de la IMM (18 de Julio, Ejido, Santiago de Chile y Soriano), nacía en 1837 el Cementerio Británico. Los católicos consideraban “herejes” a los protestantes y les negaban tierra santa. Los ingleses, entonces, amurallaron su propio terreno.

Quienes llegaron a verlo antes de su demolición en 1887 recuerdan un paisaje surrealista: detrás de las altas verjas de hierro, entre tumbas con inscripciones en inglés y árboles frondosos, tres o cuatro avestruces (ñandúes) corrían en círculos, vigilando los sepulcros. En 1887, el gobierno de Máximo Santos ordenó vaciarlo. Las exhumaciones masivas comenzaron con una francesa, Rosa Monteux, y terminaron con el misterio más puro de nuestra tierra: el acta final registra el traslado de los restos de un adulto cuya tumba estaba cubierta por una “piedra sin nombre”. Alguien que se llevó su identidad al olvido del Buceo.

Novios malditos y el beso de la cal viva

Dejamos para el final el hábito más espeluznante, ese que el presidente Bernardo P. Berro tuvo que prohibir por razones sanitarias el 18 de abril de 1861. Hasta ese año, era costumbre pasear a los muertos por las iglesias para las misas de cuerpo presente, desafiando cualquier norma de higiene en épocas de pestes.

Pero lo más tétrico ocurría cuando fallecía una mujer joven, una “señorita”, o un niño. El ataúd se llevaba completamente destapado por la calle. El cadáver de la joven, vestido de blanco, iba expuesto a los ojos de los transeúntes, al sol o a la lluvia. ¿Y saben quién se encargaba de llevar la blanca tapa del féretro durante todo el siniestro recorrido a pie? El novio o el pretendiente de la infortunada chica. Caminar cuadras y cuadras, sosteniendo la madera que iba a sepultar para siempre a tu amor, bajo la mirada morbosa del vecindario.

El final del ritual era una pesadilla gótica. Antes de que el sepulturero hiciera su trabajo, los familiares se abalanzaban sobre el cajón descapotado para darle al cadáver los últimos besos y abrazos, pegando sus mejillas a la piel ya descompuesta.

Inmediatamente después, el sepulturero se acercaba con un balde de hierro y, sin anestesia, volcaba un par de kilos de cal viva directamente sobre el pecho y el rostro del difunto. El sonido de la cal devorando los tejidos era el verdadero telón definitivo.

La próxima vez que camines por el Centro o te sientes en la Plaza Zabala, mirá el suelo. Montevideo tiene calle, sí, pero abajo… abajo tiene una memoria que todavía eriza la piel.

El horror bajo el asfalto y la macabra farsa de la muerte vieja

Ya te contamos el mapa de los olvidados, prepárense. Volvimos a las páginas más oscuras de Recuerdos y Crónicas de Antaño en la Biblioteca Nacional y lo que encontramos no es apto para estómagos sensibles. El lector de hoy, acostumbrado a la asepsia de las salas velatorias modernas y al silencio quirúrgico de los cementerios parque, apenas puede vislumbrar el horror gótico, el barro y el olor a descomposición que envolvían el último adiós en el Montevideo del siglo XIX.

Camina con nosotros. Cruza mentalmente el portón de la Ciudadela hacia el “Cementerio Viejo” (Andes y Durazno). Pero no vayas en auto. Imagínate en pleno invierno, a campo traviesa, chapuceando un barro pastoso que te llega a las rodillas, esquivando zanjones profundos, ortigas y altos cicutales que te tajean las piernas. No había carrozas fúnebres. Los ataúdes iban al hombro durante kilómetros de penosa “pateada” o, si la miseria apretaba, arrastrados sobre una rústica rastra de madera o cuero. Bienvenidos al Montevideo del espanto.

La farsa del ataúd alquilado y el beso de la cal viva

En el Montevideo colonial y de los albores patrios, el estatus se fingía hasta el último segundo. Si eras un “pobre diablo” sin un peso en el bolsillo, tu destino era la fosa común. Te cargaban en una camilla del convento franciscano en “cuerpo gentil”: es decir, completamente desnudo o envuelto en un trapo, directo a la tierra.

Pero la vanidad humana es infinita. Para evitar la vergüenza pública, las familias humildes que querían “figurarla” recurrían a un negocio macabro: el alquiler de ataúdes del Hospital.

Por un peso, los deudos alquilaban un féretro para el cortejo. El difunto viajaba dignamente con los ojos cerrados ante las miradas del vecindario. Pero al llegar al cementerio, el truco terminaba. El cuerpo era sacado del cajón y arrojado a la fosa. El ataúd, vacío y oliendo a muerte fresca, regresaba al Hospital a la espera del siguiente cliente.

Al borde de la fosa ocurría el acto más escalofriante para la higiene moderna. Los deudos se arrojaban sobre el cadáver para darle el último beso y el último abrazo de despedida. Acto seguido, el sepulturero se acercaba con una lata de metal y volcaba un par de kilos de cal viva directamente sobre el pecho y el rostro del difunto. La cal comenzaba a hervir y corroer los tejidos ante los ojos llorosos de la familia.

El perturbador desfile de los cajones destapados

Hasta bien entrado el siglo XIX, la necrofilia cultural de la ciudad rozaba el delirio. Cuando moría un párvulo o una señorita soltera, la costumbre dictaba que el ataúd debía desfilar por la calle completamente destapado. El cadáver, pálido y vestido de blanco, iba expuesto a la vista de todo el mundo bajo el sol o la luvia.

Rómulo Rossi rescata una estampa desgarradora y espantosa de estos cortejos a pie: en el entierro de una joven montevideana, el encargado de llevar la blanca tapa del ataúd durante todo el extenuante trayecto, caminando al frente de la procesión, era el novio o pretendiente de la infortunada chica. Caminar cuadras y cuadras cargando la tapa que minutos después sepultaría para siempre al amor de tu vida.


La aristocracia del delirio y el “Cementerio Central”

En el Cementerio Viejo abundaban los epitafios rimbombantes que hoy nos causan gracia, pero que entonces se leían con pavorosa solemnidad. El que más llamaba la atención de los curiosos era el de doña Bárbara Menéndez de Barreiro. El mármol rezaba, sin que se le cayera una lágrima de vergüenza a los picapedreros: “Aquí yacen los restos de la reina madre doña Bárbara Menéndez de Barreiro”. Delirio monárquico en plena tierra patricia.

Para 1835, el Cementerio de la calle Andes no daba abasto. El olor y las pestes obligaron al presidente Manuel Oribe a inaugurar el “Cementerio Nuevo” (hoy Cementerio Central). La locación elegida no pudo ser más tétrica: se construyó justo al lado de los Mataderos o Corrales de Abasto. El llanto por los muertos se mezclaba con los mugidos y el olor a sangre de las reses que faenaban para alimentar a la ciudad.

Oribe reguló todo por decreto el 10 de octubre de ese año:


Avestruces entre las tumbas y el misterio del “Sin Nombre”

¿Sabías que donde hoy se levanta el imponente Palacio Municipal (18 de Julio, Ejido, Santiago de Chile y Soriano) hubo un cementerio cercado de verjas donde corrían avestruces? Era el Cementerio Inglés (o Británico), fundado en 1837 porque los católicos locales consideraban “herejes” a los protestantes ingleses y les negaban la última hospitalidad en sus camposantos. En sus últimos años, el predio tenía jardines, árboles y tres o cuatro avestruces que paseaban libremente entre las lápidas anglicanas, dándole un aire surrealista al centro de Montevideo.

En 1887, bajo el gobierno del general Máximo Santos, el cementerio fue expropiado para trasladarlo al Buceo. Las exhumaciones masivas comenzaron el 13 de octubre. Se sacaron cientos de cuerpos. El acta final del desalojo, que Rossi tuvo en sus manos, cierra con un escalofriante enigma digno de una novela de misterio:

Los últimos restos exhumados correspondieron a un adulto cuya tumba carecía de inscripciones. Los operarios metieron los huesos en una urna de madera y, al no tener qué escribir en la chapa de metal, anotaron en el acta oficial: “Restos de un adulto trasladados en la urna para la traslación de ‘Piedra sin nombre'”. Junto a él, se desenterraron tres personas más cuyos nombres se tragó el olvido absoluto.

El fin de la era gótica

El horror higiénico llegó a su fin el 18 de abril de 1861. El presidente Bernardo P. Berro, harto de que los templos apestaran a descomposición, prohibió por decreto que los cadáveres entraran a las iglesias para la “misa de cuerpo presente”. A partir de ese día, los muertos debieron ir directo de la casa mortuoria a la tumba.

Se terminaron los besos a los cadáveres con cal viva, se taparon los cajones de las niñas muertas y se extinguieron los avestruces de la avenida 18 de Julio. Montevideo empezó a ser una ciudad moderna. Pero la próxima vez que camines por la Intendencia, por la calle Andes o pises el Centro, mirá hacia abajo. La historia de Montevideo tiene “siete cuartas de tierra” de profundidad, y está llena de secretos que todavía quieren salir a la luz.

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