Con mucho dolor, y también con la necesidad de dejar testimonio de una herida que jamás cerró en la familia y en el círculo más cercano de Ramón Mérica, reproducimos a continuación una entrevista que todavía genera bronca, impotencia y tristeza. La verdad es que nunca tuvimos el gusto de conocer personalmente ni de ver junto a Ramón Mérica al periodista Gabriel Sosa. Por eso, y desde nuestra mirada humana y periodística, sentimos que Sosa, entonces integrante de la revista BLA, se valió del delicado estado de salud que atravesaba Ramón para construir una nota que terminó exponiéndolo de la manera más cruel y dolorosa.

ENTREVISTAS/Desde la frontera Rivera Livramento EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.
Mérica venía saliendo de una operación de altísimo riesgo. Su recuperación era lenta, compleja y emocionalmente devastadora. No estaba atravesando un momento cualquiera de su vida. Y sin embargo, aquella entrevista publicada lo mostró públicamente desde la fragilidad, desde el deterioro y desde una imagen que quienes lo amaban jamás hubieran querido ver convertida en espectáculo editorial. El impacto fue enorme.
Amigos, familiares y conocidos quedaron profundamente golpeados al leer aquella publicación. Algunos incluso le recomendaron a Ramón que no volviera a conceder entrevistas. Porque sentían —y todavía sienten— que allí no hubo contención, ni sensibilidad, ni límites éticos frente a una persona vulnerable.
Con los años, la figura de Gabriel Sosa siguió creciendo dentro del periodismo cultural uruguayo. Fue reconocido por su inteligencia, por su mirada crítica y por una sólida trayectoria en medios como Posdata, El País, la diaria y Búsqueda. También desarrolló una obra literaria propia marcada por la oscuridad social, el desencanto y los márgenes humanos.
En 2024, a los 58 años, llegó la noticia de su fallecimiento. Muchos colegas lo despidieron destacando su agudeza intelectual, su humor ácido y su enorme formación cultural. Entre ellos, el periodista Federico Castillo lo recordó como “el fuego prendido alrededor del cual nos juntábamos un grupo de periodistas malditos”. Nosotros, en cambio, nunca pudimos olvidar aquella entrevista.Porque detrás de toda trayectoria profesional también quedan los actos humanos. Y porque el periodismo, cuando se acerca a alguien golpeado por la enfermedad o la fragilidad, tiene la obligación moral de decidir si acompaña… o si utiliza.
Lo que sigue a continuación es, precisamente, el documento de ese dolor.

EL DÍA QUE TRAICIONARON A RAMÓN MÉRICA
Lo que ocurrió con el periodista uruguayo Ramón Mérica y el periodista Gabriel Sosa todavía duele. No por una diferencia profesional. No por una discusión ideológica. Duele por algo mucho más profundo: porque muchos sintieron que se cruzó un límite humano que jamás debió atravesarse. Ramón Mérica venía de atravesar una operación de altísimo riesgo. Había peleado contra el dolor, contra la recuperación lenta, contra el desgaste físico y emocional que deja una intervención que cambia la vida. Quienes estuvieron cerca suyo saben perfectamente el estado vulnerable en el que se encontraba. No era el Mérica fuerte, lúcido y avasallante de otras épocas. Era un hombre intentando volver a ponerse de pie. Y fue en ese contexto cuando apareció la entrevista.
Una nota que, lejos de proteger la dignidad de un periodista histórico, terminó exponiéndolo de la manera más cruel. Porque no se trató de una conversación construida desde el respeto o la contención. Se trató —según entendieron familiares, amigos y colegas— de un retrato despiadado de un hombre frágil, confundido y golpeado físicamente.
Bastaba leer aquella publicación para percibir el daño. Las frases elegidas. La forma de describirlo. La insistencia en remarcar pérdidas, olvidos y desconexiones. Todo parecía apuntar a desnudarlo públicamente. Y entonces apareció la pregunta que todavía sigue flotando en el aire: ¿Vale todo por una gran nota? Porque el periodismo también tiene códigos. Y uno de ellos debería ser elemental: nunca aprovecharse de la debilidad humana de alguien que no está en condiciones de defenderse plenamente.
Muchos de los que conocían a Ramón quedaron devastados. Algunos directamente le recomendaron que no volviera a conceder entrevistas. El golpe emocional fue enorme. No solamente por la publicación en sí, sino porque Gabriel Sosa era presentado como un amigo de la casa. Un hombre cercano. Alguien en quien Mérica confiaba. Por eso la herida fue doble. No dolió únicamente la nota. Dolió la sensación de traición.
Con el paso de los años, el episodio jamás cicatrizó del todo dentro del entorno familiar. Y el dolor se volvió todavía más inexplicable cuando, tras la muerte de Ramón Mérica, Gabriel Sosa no apareció ni en el velorio, ni en el entierro, ni en la misa realizada en la Iglesia del Cordón de Montevideo organizada por su amiga Julia Möller. La ausencia habló por sí sola.
Hubo incluso un intento de diálogo posterior. La familia buscó a Sosa para transmitirle el enojo y el sufrimiento que había causado aquella entrevista. Pero la respuesta, lejos de traer calma, generó todavía más indignación. Y entonces vuelve la pregunta incómoda: ¿Cómo se define a una persona que utiliza el estado vulnerable de otra para construir impacto periodístico? Porque una entrevista puede ser legítima. Pero también puede transformarse en explotación emocional.
El periodismo tiene una enorme responsabilidad cuando se sienta frente a alguien debilitado por la enfermedad, el dolor o la pérdida de lucidez. Ahí es donde aparece la verdadera ética. Ahí es donde un periodista demuestra si busca comprender a la persona… o usarla.
Ramón Mérica dedicó su vida a contar historias, a rescatar memorias olvidadas y a defender la dignidad de muchísima gente anónima del Uruguay profundo. Por eso, para quienes lo amaron, verlo reducido públicamente a un hombre perdido y quebrado fue una escena imposible de olvidar. No fue una nota más. Fue una herida.

De cómo Ramón perdió los nombres
de Gabriel Sosa, el Viernes, 03 de diciembre de 2010 a las 21:55
En 1975 la editorial Arca publica un libro recopilando entrevistas recientes de Ramón Mérica. Se titulaba Agonistas y protagonistas, y tal vez sea el mejor libro periodístico nunca publicado en el Uruguay. Hoy, casi 30 años después, el libro es inencontrable. Nunca se reeditó, y los pocos ejemplares usados que circularon en plaza desaparecieron hace tiempo. Agonistas y protagonistas se compone de una docena de entrevistas, a personalidades tan distintas como Pablo Neruda y Carlos Monzón. Entrevistas les dice Mérica, pero tanto por estilo como por vocación los textos son mucho más crónicas que simples colecciones de preguntas y respuestas. Eso explica que en el libro se incluya una “entrevista” a San Cono. No es que Mérica hablara con el santo, sino que radiografía la fiesta popular.
Mérica nació en Salto en algún momento de la primera mitad del siglo XX (se niega rotundamente a confesar cuándo), y comenzó a trabajar como periodista en los años 60. Durante la mayor parte de su carrera fue hombre del diario El País, cuando eso, periodísticamente hablando, aún quería decir algo.
Su fuerte siempre fueron las entrevistas, del estilo de las de Agonistas y protagonistas o más convencionales. En uno de tantos auto homenajes que El País dedicó a algún aniversario de su historia, se dedica una página a listar las entrevistas que el periodista realizara para el medio, en “Calcuta, Buenos Aires, Lisboa, Nueva York, Paris, Atenas o Santiago de Chile”. La lista ocupa cuatro columnas, e incluye a Alain Delon, Josephine Baker, Raymond Aron, Pilar Franco, Vinicius de Moraes, Astor Piazzola, Tita Merello, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Juan Carlos Onetti, Marosa Di Giorgio, Rafael Alberti, Juana de Ibarbourou, Maurice Chevalier, Eugene Ionesco y Satyajit Ray (este último, obvio, en Calcuta), entre varias decenas más. En una copia de esta lista, Mérica tiene anotados al margen algunos nombres que faltaron reseñar, entre ellos Edmundo Rivero, Vittorio Gasman o Silvina Bullrich. Si existe algún otro periodista uruguayo con semejante trayectoria, que vaya avisando.
Volviendo a Agonistas y protagonistas, el libro incluye piezas magistrales. La crónica sobre Carlos Monzón, realizada cuando el boxeador se encontraba en La Boca en pleno rodaje de la película La Mary junto a su futura esposa y piñata doméstica Susana Giménez, se compone de una minuciosa descripción de cómo el periodista, molesto por la soberbia y el injustificado destrato de la “estrella”, se dedica a sacarlo de quicio preguntándole una y otra vez por qué había rechazado la oferta de trabajar en una película de Passolini. La nota termina con Mérica huyendo del set de filmación en un botecito que cruza el Riachuelo, para escapar de la ira del boxeador, “campeón del mentón pero no de la mente”, como lo describe en el prólogo a la nota incluido en el libro.
Otro texto memorable del libro, inclasificable como mera entrevista, es el que describe el recorrido que realizó con el ya nonagenario Alberto Zum Felde, último sobreviviente de la Generación del 900, por la Ciudad Vieja y alrededores, rememorando los hitos de un Montevideo desaparecido mucho tiempo atrás. Caminando por Sarandí, la Plaza Independencia o 25 de Mayo se cruzan con los fantasmas de Rodó, Latorre, el asesinado Roberto de las Carreras o Delmira Agustini, y Zum Felde identifica la casa de tal o cual, el Tupí Nambá o el Polo Bamba. Este texto produce una sensación extraña, porque la proeza lograda por Mérica de recrear y acercar al lector esa época perdida se diluye nuevamente, por haber desaparecido ya todos los elementos que en la nota se usan para ubicarla. “Encima de donde hoy está el bar Tal vivía…”, “frente por frente a la joyería Tal estaba el bar…”, “el Polo Bamba estaba ahí en esa esquina donde ahora está…”, y en el 2009 ya ninguna de esas referencias existe más. La época rescatada y recreada por Mérica volvió a desaparecer en el pasado.
También se incluye en el libro otra “entrevista” magistral, la de Fernando Morena, realizada cuando el crack tenía apenas 21 años, acababa de firmar contrato con Peñarol y se lo cotizaba en un millón de dólares (a lo largo de toda la nota, Mérica se refiere a él como “el Millón”). En su momento la entrevista causó revuelo, porque porfiadamente, a lo largo de varios días, Mérica fue socavando la reticencia de Morena y logró que contara intimidades de sus creencias sobre política, religión y fútbol, sobre todo fútbol. Las dirigencias de Peñarol y Nacional no salían nada bien paradas en las declaraciones, y de ahí el escándalo principal, que los futboleros de más de 40 o 45 años aún recuerdan. Pero periodísticamente la nota es mucho más que el revuelo que creó (y que le valió a Mérica varias amenazas y destratos). El día antes de comenzar a entrevistar a Morena, el periodista entrevista a la viuda del recientemente fallecido Atilio García. A lo largo de la nota, a media que se aborda un tema u otro con Morena, se van incluyendo fragmentos de la otra entrevista, que básicamente tratan sobre los mismos tópicos. Pero ante cada declaración de Morena, ante cada confesión o ante cada mención de una cifra o de un beneficio, los relatos de la viuda de García cuentan una historia radicalmente distinta, la de la vida de un futbolista de otra época, con otras pretensiones y con otras expectativas, donde la gloria se mezclaba con la pobreza. Lo que la nota logra, en concreto, es demarcar el momento en que una era queda definitivamente atrás, y un nuevo fútbol, repleto de millones de dólares y promotores habilidosos, comienza a surgir. Todo eso décadas antes de Tenfield, de la venta del Chino Recoba al Inter de Milán y de que Morena le quitara el puesto de goleador máximo del fútbol uruguayo a García.
Agonistas y protagonistas no es el único libro de Mérica. Veredas, de 1999, es una recopilación de historias arquitectónicas urbanas, un homenaje al placer de disfrutar los detalles de una ciudad tan poco disfrutable, parecería, como Montevideo. Una versión más lujosa y espectacular de este canto de amor es Montevideo, Arte y Paisaje, de 2002. Se trata de un volumen enorme, ilustrado con fotos de Ignacio Naón y publicado por la Intendencia Municipal de Montevideo, que recorre con textos e imágenes la ciudad como ningún otro libro lo ha hecho. No hay ni una sola foto de comparsas de lubolos, y sí multitud de detalles mínimos, recónditos, casi siempre secretos. Es tal vez el mejor libro de lujo sobre Montevideo que se ha editado nunca, y por supuesto está totalmente agotado y nunca se reeditó.
En 2007 Mérica publicó otro libro de entrevistas, Con alma y vida. Esta vez las entrevistas son más clásicas, con el registro menos volcado a la crónica, pero con la misma pasión por el detalle revelador y por la búsqueda de personajes. La lista de entrevistados incluye, entre otros, a Pilar Franco, la viuda de Schindler (el de la lista, a la que Mérica descubrió viviendo octogenaria y sola en las afueras de Buenos Aires), Chavela Vargas, por dos veces Oscar Niemeyer (la segunda entrevista comienza con Mérica diciéndole: “Le traje queso”) y a Jorge Luis Borges, con quien Mérica tuvo una larga amistad desde sus épocas en Salto. El libro es interesante y vale la pena, pero no tiene el esplendor y la libertad setentera de Agonistas y protagonistas. Además se le echa en falta una edición más cuidada y prolija, un ojo más atento. Es que para el momento de su publicación, Mérica ya no era el mismo.
Además de su obra periodística, el otro gran orgullo de Mérica es su casa. Hace varias décadas compró en un sexto piso de un edificio céntrico de los años 30 lo que era originalmente la vivienda del casero, un dormitorio diminuto con igualmente minúsculos cocina y baño. Con el paso del tiempo, “un poco con permiso, un poco no”, fue colonizando la azotea, construyendo un cuarto a la vez, en general con sencillas paredes de bloques y techo de chapa. Y al día de hoy tiene el que tal vez sea el apartamento más acogedor de la ciudad, una sucesión de salas de estar repletas de muebles y cuadros colocados con impecable gusto y sentido estético. Los muebles y las pinturas (Iturria, Cuneo, Ribeiro) vuelven invisibles las paredes, telas y entramados de madera ocultan los techos livianos, y una estufa a leña termina de crear la ilusión de estar en un castillo inglés o en una mansión francesa. La casa de Mérica hay que verla para creerla.
Y en esa casa que tanto le gusta fue que hace cinco años tuvo un accidente, un golpe en la cabeza que le dejó una lesión cerebral de la que lentamente se fue recuperando, pero que le dejó varias secuelas, en particular una terrible: Mérica perdió los nombres.
No retiene ni un solo nombre propio. En su mente tiene miles de detalles y anécdotas, entrevistas completas, libros enteros. Pero ni un solo nombre. Cuando quiere mencionar a alguien (y sabe perfectamente a quién) se desespera, trata de dar pistas sobre la persona a quien se refiere, intenta describirlo. A veces puede, a veces no. Cuando se menciona El País Cultural, se emociona: “¡El grande, el maestro, yo trabajé con él!”. Se le dice que es Homero Alsina Thevenet: “¡Claro, yo empecé a trabajar en el diario con él!”. Pero pasado el momento de reconocimiento, el nombre desaparece otra vez de su cabeza, y sólo vuelve a quedar el recuerdo.
Si se le habla de Zum Felde y se menciona que fue el último sobreviviente de la generación del 900, niega rotundamente. “¡Pero no, estaba el otro, que estaba vivo, yo lo entrevisté…!” Y luego viene una larga e infructuosa sesión de Dígalo con mímica, que termina con Mérica mostrando el cable de una lámpara. “Era flaco, muy alto, muy estilizado, le decían así, así…”, y toca el cable. ¿Le decían “El Cable”? La duda queda, hasta que mucho tiempo después alguien averigua que se refiere al poeta Pablo Minelli González, apodado “El Fusible”. También hay larguísimos cuentos, ambientados en París, Venecia o Buenos Aires, protagonizados por gente de la que nunca se llega a saber la identidad concreta.
Tratándose de alguien como Mérica, esta pérdida parece un chiste de los dioses. Conoció a todos, vio a todos, recorrió todo. Y no puede nombrar a nadie. Si se le pregunta algo en particular, si se le da el nombre, la información está intacta, completa, aunque a veces algo difícil de entender. Si se le menciona a Ionescu, hay montones de anécdotas de cómo logró meterse en una cena de la embajada de Francia para entrevistarlo (y de cómo evadió a su feroz esposa). Si sale el nombre de Borges, señala un sillón de cuero: “Ahí estuvo sentado, montón de veces”. Su propia casa es un archivo integral, donde por todas partes hay significados. Si se abre un libro al azar, cae una hoja con un trozo de partitura. Son los primeros compases del tango Boedo, que vienen dedicados por Julio de Caro: “Este recuerdo para el periodista amigo…”. En una mesita hay una foto, ya amarillenta, de Mérica junto a Pablo Neruda, en Isla Negra. Todo el apartamento está igual de repleto.
Uruguay es muy ingrato con sus periodistas. Cuando El País, el único diario histórico de alcance nacional que sobrevive (y que tiene su archivo completo), decide celebrar sus 90 años, saca un volumen de fotografías. Mérica vive, Alsina Thevenet falleció hace pocos años, pero ya son parte de la larga lista de nombres olvidados, de grandes plumas enterradas.
Aunque también se dedicó a la gastronomía (fue el fundador de Lo de Carlota) y a la ambientación teatral, la sangre de Mérica es en gran parte tinta. Fue el principal entrevistador de la historia de la prensa uruguaya, aunque otros ahora le usen el título, pero en las facultades de Comunicación no lo conocen. Su gran libro de entrevistas es inencontrable.
En su casa del Centro, entre su memorabilia y sus cuadros, mantiene intacto un tesoro de anécdotas e historias, sin un solo nombre propio. Con el paso del tiempo y el oficio, el buen cronista se transforma en crónica. De tanto contar historias, su propia historia es la que merece rescatarse. Y Ramón Mérica, solo en casa de hombre solo, como se describe en el prólogo de Agonistas y protagonistas, terminó por ser el único guardián de su propia historia, ahora escrita en un lenguaje para el cual nadie tiene la clave con qué descifrarlo.
(Publicado en revista BLa, en algún momento de 2009 que no recuerdo.)