Esto que hoy contamos no es solo una anécdota. Es una iniciación. Un punto donde la vida nos cruzó con alguien que no era sangre… pero terminó siendo destino. Y eso hay que contarlo con peso.

Hay encuentros que no avisan. Y cuando pasan… te cambian la ruta. No recuerdo exactamente qué hora era, ni quién dijo la primera palabra. Pero sí recuerdo la sensación: algo empezaba ahí. No era trabajo. No era casualidad. Era otra cosa. Era encontrarme con un hermano que la vida no me dio… pero me debía. Nos subimos a un ómnibus sin saber del todo qué íbamos a lograr. Lo que sí sabíamos era que íbamos hacia la frontera. Hacia ese punto donde todo se mezcla: idiomas, monedas, historias… y sueños. El destino: el lejano Chuy. El motivo: transmitir fútbol. La verdad: probar si éramos capaces. Nada estaba garantizado.
LOCUTORES/Desde la frontera Rivera Livramento EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.

Crónica de un viaje, un hermano elegido y un micrófono que no perdonó la timidez
Lo único que teníamos era la confianza de un hombre: Carlos Dante Cardozo. Director de radio. De esos que no abundan. De los que ven antes que los demás. Nos abrió la puerta sin pedir antecedentes, sin exigir experiencia, sin poner condiciones. Nos dijo, en silencio: “vayan y demuestren”. Y fuimos. Ahí apareció él.
Un pibe casi desconocido, con una voz que todavía no sabía lo que iba a ser. Venía de Trinidad, con ese acento del interior que no pide permiso. Se llamaba Pablo Rodolfo Campiglia. Ese día no debutó. Ese día nació. Porque hay momentos donde el talento no se prueba… se revela. El escenario era el Estadio Samuel Prilliac. Pero en realidad, era un teatro.
Ahí estaba todo: el equipo improvisado, la transmisión armada a pulmón, la ilusión de hacer algo grande sin tener nada. Y en el medio, nosotros. Arriba de un ómnibus que no solo nos llevaba… nos estaba transformando.
El Torneo Integración era casi una excusa. Corto, improvisado, imperfecto. Pero lo que pasaba alrededor era gigante. Central Palestino del Chuy no era solo un club: era un fenómeno. Un equipo nacido de la mezcla, de la diáspora, de la necesidad de pertenecer a algo más grande. Y enfrente, Cerro, con todo el peso de la capital. Pero ese día, el partido era otro. Era el nuestro.
Cuando Campiglia tomó el micrófono, algo cambió. No gritó. No impostó. No imitó. Fue. Y eso alcanzó. La voz salió limpia, firme, distinta. Como si siempre hubiera estado ahí esperando ese momento. Como si el fútbol lo hubiera estado esperando a él. Y nosotros… lo sabíamos. Nos miramos sin decir nada. Porque hay cosas que no se explican. Se sienten.
El relato crecía, la transmisión fluía, el equipo respondía. Roberto Díaz, con su oficio, también lo entendió enseguida: ahí había algo distinto. Algo que no se enseña. Algo que nace. Ese día no solo transmitimos un partido. Fundamos algo.
Un equipo.
Una forma.
Un camino.
Y en el medio de todo eso, encontré a ese hermano de la vida. De esos que no necesitan historia previa. Que aparecen en el momento justo. Que te acompañan sin pedir explicaciones. De esos que te empujan sin que te des cuenta. El viaje fue largo. El torneo fue corto. El club fue intenso y fugaz. Pero lo que quedó… eso no se mide en tiempo. Se mide en marca. Porque hay días que pasan. Y hay días que te definen. Ese fue uno.
El día que nos animamos.
El día que alguien confió.
El día que una voz nació.
Y el día que entendí que, a veces, la vida no te da lo que te falta… te lo cruza en el camino. En una frontera. Arriba de un ómnibus. Con un micrófono en la mano.

“El club que nació gigante y murió de golpe” Crónica del milagro llamado Central Palestino del Chuy
El Central Palestino del Chuy no fue un club más. Fue una aparición. Como si alguien hubiera decidido, en una frontera donde todo se mezcla, crear algo que no debía durar… pero sí dejar huella. En el mapa, el Chuy es apenas una línea entre Uruguay y Brasil. En la vida real, es un mundo sin fronteras. Ahí, donde el idioma cambia de vereda, donde la moneda se discute en cada compra, donde la identidad no es una sola… nació un club que tampoco podía ser uno más. Impulsado por una colectividad que cargaba con su propia historia —la palestina—, el equipo fue mucho más que fútbol. Era bandera. Era pertenencia. Era una forma de decir “estamos”. Y lo dijo fuerte.

En apenas tres años, lo que a otros les lleva décadas, ellos lo hicieron natural: ganar, crecer, competir, hacerse nombre. No pidieron permiso. No esperaron turno. Irrumpieron. Ganaron en el Chuy. Ganaron en Rocha. Y cuando quisieron mirar más lejos… ya estaban en el Campeonato de Clubes Campeones del Interior. Ahí empezó el asombro.
El país comenzó a hablar de ellos. Del “Palestino del Chuy”. Un equipo que venía de la nada y le discutía todo a cualquiera.
En 1991, mientras el mundo miraba guerras lejanas, en el interior del Uruguay se gestaba otra batalla: la de un club chico queriendo ser grande sin pedir disculpas. Y casi lo logra. Llegó a finales. Movilizó multitudes. Dos mil personas viajando, cohetes, banderas, ruido, ilusión. Era más que fútbol: era un pueblo creyendo. Pero el destino, a veces, no negocia. La derrota dolió. Pero no apagó nada. Al contrario.
El club siguió. Ganó sectores. Volvió a competir. Se metió otra vez entre los mejores. Y cuando apareció el Torneo Integración —ese intento de unir el fútbol del interior con el de la capital—, el Palestino estaba listo. Le tocó Cerro. Parecía desigual. Pero no lo fue. Empate en el Chuy. Empate en Montevideo. Invictos.
El interior, por un momento, le miró a los ojos a la capital sin bajar la cabeza. Y los penales… hicieron lo que hacen los penales: decidir sin explicar. Ahí se fue el sueño. Pero no la historia. Porque ese equipo ya había logrado algo que no se mide en copas: había instalado su nombre en la memoria.
Mientras tanto, afuera de la cancha, el mundo cambiaba. Brasil estabilizaba su economía. El contrabando dejaba de ser motor. La colectividad perdía poder. La causa palestina cambiaba de etapa. Lo romántico empezaba a ceder frente a lo práctico. Y el club… empezó a sentirlo. Lo que había crecido rápido, también empezó a desvanecerse. Menos recursos. Menos impulso. Menos ruido. Hasta que un día, casi sin aviso, dejó de ser protagonista. Y después… dejó de ser.
Así como había llegado. Como un relámpago. Pero hay algo que no se apaga. Porque el Central Palestino no fue solo un equipo. Fue una prueba. La prueba de que desde cualquier lugar —incluso desde una frontera olvidada— se puede sacudir un país entero. Aunque sea por un rato. Y ese rato… vale toda una historia.
PABLO A PABLO

EN PRIMERA FILA
“Aquella ocasión la viví en forma muy cercana, pues a influjos del periodista Eduardo Mérica, se había conformado un equipo multi-departamental para seguir la campaña de Palestino a través de Oceánica FM 89.7 de Chuy. El padre de la idea (Mérica) era un montevideano adoptado por Salto: un gran conocedor del fútbol del interior. El relator era un joven de 22 años que venía de Trinidad, era empleado de la Intendencia Municipal de Flores y tenía una voz sensacional, muy al estilo de Víctor Hugo Morales.
Su nombre: Pablo Campiglia. Años más tarde sería el primer relator de la renovada CX 18, por entonces Sarandí Sport, y el año pasado estuvo en la terna de relatores (junto al mismísimo Víctor Hugo Morales y el otro Morales de Cardona) que trasmitieron el Mundial en forma exclusiva por CX 44 AM Libre de Montevideo. Los comentaristas eran Eduardo Mérica y Carlos Dante Cardozo, ex futbolista del Palestino y de la selección rochense, vinculado a la emisora. En estudios, quien esto escribe, con todos los números y la información. Aquella aventura radial fue tan corta como la vida del Central Palestino en el Torneo Integración, por eso quedó la amargura de no poder seguir transitando los caminos paralelos: el nuestro en la radio y el de ellos en la cancha”.

“Los nombres que no se fueron nunca”
Crónica de los hombres que hicieron eterno al Central Palestino del Chuy
Los clubes pasan. Las camisetas se guardan. Los estadios se vacían. Pero los nombres… los nombres quedan flotando. Como si el tiempo no pudiera tocarlos. El Central Palestino del Chuy fue breve. Intenso. Irrepetible. Pero si algo lo sostiene todavía, no son los resultados… son los hombres que lo hicieron posible. Hay que volver ahí. A esos salones del Club Árabe. A ese grupo de gurises que no estaban pensando en la historia… pero la estaban empezando a escribir. No había gloria asegurada. Había decisión.
Vestir los colores de una bandera lejana —rojo, negro, blanco y verde— no era solo una elección estética. Era identidad. Era compromiso. Era jugar por algo más que un resultado. Y entonces llegaron los primeros nombres.
Teófilo Lima.
Marcelo Olivera. No como refuerzos… como señales. Se estaba armando algo distinto. En el banco, Pedro Araujo y Sergio Azambuya empezaban a darle forma a una idea. Y poco después, con la llegada de Jesús Ramos, el equipo no solo se ordenó… empezó a creer. Porque creer también se construye con nombres. Carlos Dante Cardozo. Isaías Pereira. El “Cuta” Ramos.
Apellidos que no necesitaban presentación en el interior. Jugadores que no solo sabían jugar… sabían competir. Y cuando el club empezó a crecer, también lo hicieron los sueños. Entonces aparecieron otros. Nombres que cruzaban fronteras, que traían experiencia, que elevaban la vara:
Gabriel Añon.
Arturo Altes.
Daniel Carreño.
Álvaro Lois.
Jorge Porley.
Aníbal Ortega.
Washington Castelnoble.
Ya no era solo un equipo del Chuy. Era un plantel que empezaba a hablar otro idioma: el del respeto. Cada uno dejó algo. Un gol. Una jugada. Una tarde. Un recuerdo. Porque el fútbol del interior tiene eso: no mide en estadísticas, mide en memoria. Y mientras ellos jugaban, otros miraban. Desde lejos. Desde la capital. Desde el país entero. Periodistas que no solían girar la cabeza hacia la frontera, esta vez lo hicieron.
Jorge Da Silveira.
Carlos Muñoz.
Sánchez Padilla.
Jorge Crossa.
Juan Carlos Scelza.
Rubén Casco.
Ariel del Bono.
Franklin Morales.
Todos, de alguna manera, dijeron lo mismo: ahí estaba pasando algo. Algo que no era común. Porque mantenerse en boca de todos no es fácil. Pero hacerlo desde el interior… es todavía más difícil. Y sin embargo, el Palestino lo logró. Por meses. Por partidos. Por historia. Pero hay algo que el tiempo siempre termina poniendo en su lugar.
Los clubes crecen con los años. Con los golpes. Con las caídas. Y ahí estuvo el límite. El Central Palestino fue grande… pero no tuvo tiempo. No pudo sostenerse. No pudo envejecer. No pudo fracasar lo suficiente como para hacerse eterno en competencia. Pero hizo otra cosa. Se volvió eterno en recuerdo.
Porque esos nombres —los que jugaron, los que dirigieron, los que relataron, los que creyeron— no desaparecieron con el club. Se quedaron. En la memoria de un pueblo. En la voz de quienes lo contaron.
En la emoción de quienes lo vivieron. Y en cada uno de ellos… late todavía una camiseta que ya no se usa,
pero que nunca dejó de existir.