Memorias de un corazón partido entre Montevideo y el Litoral
Hay quienes nacen en un lugar. Y hay quienes nacen en un viaje. Esta historia no empieza en una sala blanca ni en un registro civil. Empieza mucho antes, en la sangre que venía cargada de río, de litoral, de tierra caliente y costumbres que no entendían de mapas. Porque a veces uno nace donde puede… pero pertenece donde lo recuerdan. Decir que nací en Montevideo es una verdad a medias. Porque hay verdades que no se anotan en ningún papel. Mi historia empieza en movimiento: en los asientos gastados de un ómnibus de ONDA, en el traqueteo incierto de un tren que parecía llevarme al fin del mundo, en la ansiedad de un niño que no sabía si viajaba hacia un lugar… o hacia sí mismo. Ese trayecto entre Montevideo y Salto no era distancia: era destino. Y en ese destino estaba ella. Mi abuela. Su casa. El barrio. Los rituales.

TROTAMÉRICA/Desde la frontera Rivera Livramento /EDUARDO MÉRICA para Diario Uruguay
Porque hay lugares donde el tiempo no pasa: se queda a vivir.
Recuerdo madrugadas quebradas por el grito animal de la vida y la muerte mezclándose en una carneada. Recuerdo el misterio de entender sin saber, de sentir antes de poder nombrar. Recuerdo a Eliseo, moviéndose en silencio como si el mundo no pesara sobre sus hombros. Recuerdo el sabor imposible de la mazamorra con leche fría, esperando sobre una heladera como si también ella supiera que todo lo importante necesita tiempo.
Recuerdo, sobre todo, que ahí aprendí a mirar. Porque crecer no fue hacerse grande. Fue volverse consciente.
El fútbol no era un juego: era herencia. Hindú no era un club: era una bandera emocional. Y la familia… bueno, la familia era ese territorio donde el amor podía ser tan intenso que hasta expulsaba, aunque fuera por un rato, a quien se atreviera a traicionar sus colores. Pero también estaban las otras geografías: el vapor silencioso de las Termas del Daymán, el paisaje casi desierto, la noche profunda sin luces, donde uno entendía que el mundo podía ser inmenso… y solitario.
Hasta que apareció un libro. Y con él, una puerta. Las palabras de José M. Fernández Saldaña no fueron solo historia: fueron revelación. Ahí entendí que no solo estaba viviendo una vida… estaba habitando un relato mucho más grande que yo. Y entonces pasó lo inevitable: quise saber más. Porque la curiosidad no es un impulso. Es una forma de rebeldía.
Este libro nace de ahí. De la necesidad de entender de dónde viene todo lo que soy. De aceptar que uno puede nacer en un lugar… pero ser construido por muchos. De asumir que la distancia no separa: revela. Y si algo aprendí en este viaje es que hay cordones que nunca se cortan. Solo se estiran… hasta que uno decide volver.

Capítulo II — La mesa donde todo volvía a empezar
La familia no llegaba. Irrumpía. Y lo hacía siempre en Semana de Turismo, como si ese fuera el verdadero calendario del alma y no el de los días marcados en rojo. Para mí nunca fue Semana Santa. Eso era cosa de otros. De otros países, de otras creencias. Acá, entre Montevideo y Salto, lo que importaba era el encuentro. El ritual. La excusa perfecta para volver a ser tribu.
La casa de mi abuela, María Esther, no era grande. Era suficiente. Tenía ese orden coqueto que solo logran las mujeres que entienden que el hogar no se limpia: se prepara. Y ella lo preparaba todo. Como si supiera que en cualquier momento la vida iba a entrar por la puerta sin pedir permiso. Y entraba.
Con valijas, con risas, con historias nuevas y viejas mezcladas como si no hubiera pasado el tiempo. Mi tío Gogo era parte de ese fenómeno. Llegaba desde la capital cargado de ideas, recetas, inventos dulces que parecían traídos de otro mundo. No era solo cocina lo suyo. Era una forma de decir: “miren todo lo que se puede hacer con las manos cuando hay ganas”.
Todavía puedo verlo apoyando aquella torta sobre la mesa principal. Pequeña. Demasiado pequeña para tanta expectativa. Dulce de leche. Baño de chocolate. Y esas galletitas Solar de Anselmi que tenían un sabor que hoy ya no existe, o capaz soy yo el que cambió y no ellas. Pero no. No éramos nosotros. Eran mejores.
La mesa era el escenario donde todo ocurría. No importaba si el plato era bacalao o empanadas de hojaldre: lo importante venía después. La sobremesa. Ese territorio sin reglas donde el tiempo se estiraba como si nadie tuviera que irse nunca. Las historias se apilaban unas sobre otras. Anécdotas repetidas que igual hacían reír. Silencios que también decían. Y ahí estaba yo, absorbiendo todo. Sin saberlo, entrenando la memoria. Porque hay cosas que uno no entiende en el momento. Solo las guarda.
Mi tío Gogo, además, tenía otra obsesión: el arte. Y yo, sin darme cuenta, me convertí en su aprendiz silencioso. Los pañuelos de seda eran su laboratorio. Dos vidrios, tintas de colores, frasquitos reciclados de esos que alguna vez llevaron gotas para la nariz. Nada se tiraba. Todo se transformaba. Y en ese gesto había una enseñanza: la belleza no necesita permiso.
Cuando el entusiasmo se apagaba y el bullicio se volvía rutina, aparecía el aburrimiento. Ese enemigo silencioso de la infancia. Pero yo ya tenía un refugio: el espacio debajo de la escalera. Ahí estaban las sillas plegables. Quietas. Esperando. Como si supieran que en cualquier momento alguien iba a necesitarlas para escapar. Y escapábamos.
A veces no hacía falta ir lejos. El frente de la casa se convertía en campamento, en punto de encuentro, en frontera entre lo íntimo y lo compartido. El mate circulaba. Los bizcochos caseros desaparecían de a poco. Y el día se dejaba estar, como si también él quisiera quedarse un rato más.
Había algo más. Siempre llovía. No fallaba. Desde el jueves en adelante, el cielo se quebraba en agua, como si alguien hubiera decidido que esa reunión necesitaba un telón distinto. Y no importaba el calor pegajoso del inicio de la semana. La lluvia llegaba igual. Persistente. Casi cómplice. Para mí, eso también era parte del ritual.
Porque en este país —donde lo sagrado convive con lo laico sin hacerse demasiado problema— la Semana de Turismo tiene ese doble juego. Oficialmente no es religiosa. Es un descanso, una pausa, una excusa para moverse. Pero en la práctica… algo cambia. Aunque sea por unas horas. Porque había cosas que no se hacían.
Códigos que se respetaban sin que nadie los explicara. Y en ese equilibrio extraño entre lo permitido y lo prohibido, entre la risa y la memoria, entre la mesa llena y el tiempo suspendido… entendí algo que todavía no puedo del todo explicar: que la familia no era solo la gente que estaba ahí. Era todo lo que pasaba cuando nos juntábamos.

Fotos: Mati Brochado.