Mis pasos vuelven a marcar el ritmo sobre el empedrado montevideano. Hay un duende en las esquinas de esta ciudad que solo se le aparece a los que caminamos con la mirada atenta y el oído dispuesto al murmullo de la historia. Hoy, en esta sección que he dado en llamar #TengoCalle, la brisa me lleva directo al corazón de lo que hoy conocemos como Villa Muñoz, pero que en la memoria colectiva y en las piedras vivas de la capital jamás dejará de ser el Barrio Reus al Norte.

Caminar por aquí es chocar de frente con el fantasma de un hombre excepcional, un meteoro humano que deslumbró a las dos orillas del Plata: el Dr. Emilio Reus Bahamonde. Jurisconsulto español, nacido en Alicante en 1858, filósofo, diputado a las Cortes a los 23 años, traductor de Spinoza y audaz especulador bursátil. Un genio de cabeza febril que, tras perderlo todo en la Bolsa de Madrid a la muerte de Alfonso XII, cruzó el Atlántico para rehacer su fortuna en Buenos Aires y, finalmente, desembarcar en el Montevideo del General Máximo Tajes. Aquí, entre agosto de 1887 y julio de 1888, Reus fue el alma máter de la fundación del Banco Nacional y organizador de la colosal Compañía Nacional de Crédito y Obras Públicas, concebida con un capital fabuloso de 20 millones de pesos oro.


La Quimera de la Chacra de Echeverría

Me detengo en la esquina de las calles que respiran memoria. Hacia 1887 y 1888, Montevideo ardía en la fiebre del crecimiento edilicio y la inmigración. Pero lo que imaginó Reus superaba cualquier antecedente: no se trataba de hacer un par de casas; era la edificación de un barrio artesano gigante, el más formidable ejemplo de iniciativa privada que registre la historia de nuestra capital. Algo jamás visto.

Para darle asiento a la utopía, se eligió la antigua Chacra de Echeverría: un enorme terreno baldío de 66 hectáreas que se extendía entre el Barrio Lavalleja (con su centro cerca de la actual Estación Goes) y el Barrio del Retiro (amanzanado en 1869 en la vieja quinta de Béjar, donde luego se alzó la Cárcel de Miguelete). La tierra se pagó a razón de 40 centésimos el metro cuadrado, seleccionando la parte más alta para aprovechar el declive natural y el rápido escurrimiento de las aguas.

El brazo ejecutor y la mente detrás del trazado fue el Teniente Coronel (R) Marcelino Santurio, un hombre que en sus viajes por Europa se había obsesionado con el urbanismo. Santurio —quien ya había asesorado al ministro Amaro Carve en las negociaciones del puerto— fue quien le contagió la chispa a Reus.

Los guarismos de aquella empresa marea a cualquiera:

Cuentan las crónicas de la época —vinculadas a Eduardo Cassey, socio y sucesor de Reus— que la vorágine fue tal que faltaron piedra y arena por escasez de carretillas; la carpintería se paralizó por falta de oficiales y hubo que salir a buscar ladrillos hasta Canelones, Florida y el mismísimo Litoral. ¡Cinco mil familias comieron y mejoraron su vida gracias al pan que dio la obra de Reus!.

Mármol, Tea y Callejuelas con Nombre Propio

Alzo la vista hacia las fachadas. Aquí no se escatimó en material ni se levantaron “casas voladizas”. Las paredes de Santurio y las terminaciones que más tarde completaría el prestigioso arquitecto e ingeniero italiano Juan Tosi fueron hechas para desafiar al tiempo: tirantería de hierro, pisos de pino de tea, puertas de cedro, escaleras de mármol y patios embaldosados. Se trajeron novedades higiénicas como caños de doble tiraje para los excusados y baldosas de portland para las veredas.

En el núcleo que rodeaba el corazón del barrio se ensayó la innovadora mansarda de pizarra al estilo parisién (que tendría su máxima expresión en el hermano gemelo del proyecto: el Barrio Reus al Sur).

Y el trazado… ¡ah, el trazado! Para separar los “pabellones”, Santurio abrió calles secundarias de 10 metros con 36 centímetros de ancho (frente a los 17 metros de las municipales), todas con piedra afirmada. Bautizó a esas arterias con una pleyade de nombres que respiraban historia y vanidad: Emilio Reus, Marcelino Santurio (un pequeño pecado de vanidad que luego borraría la nomenclatura municipal), Ramón Domínguez (el “fomentista” de los años 60), José de Salamanca (el banquero español que urbanizó Madrid y junto a quien se formó Reus), Torcuato de Alvear (el gran intendente porteño) y el Barón Haussmann (el mago que transformó el París del Segundo Imperio).

Incluso el agua y la luz tenían su templo proyectado: la Plaza Artesiana (en la manzana de Libres, Arenal Grande, Porongos e Independencia), donde se perforaría un pozo sistema Bonariva con una torre de 40 metros de altura coronada por un faro.


La Tormenta del 88 y el Martillo de Piria

Pero la gloria y la tragedia en la vida de Emilio Reus siempre caminaron de la mano. El invierno de 1888 descargó 78 días de aguaceros copiosos que frenaron las obras. A la vez, la salud del alicantino se resquebrajó y el fantasma de la ruina económica comenzó a sobrevolar la Compañía Nacional.

Cuando la gran crisis financiero-bursátil de junio de 1890 hirió de muerte al Banco Nacional y disolvió la Compañía, el sueño quedó a medio terminar. Cassey y la masa fallida sacaron las fincas a remate en los primeros meses de 1889. ¿El martillero? Nada menos que otro gigante de la época: Francisco Piria.

Para sostener una ráfaga de optimismo en medio del desastre, el propio Presidente de la República, el General Máximo Tajes, compró la primera casa. Pero la plaza montevideana estaba abatida y el volumen de fincas era inalcanzable. El barrio pasó a integrar el capital del Banco Hipotecario del Uruguay, mutando con los años su nombre al de Villa Muñoz.

Apenas dos años después del colapso, el 7 de marzo de 1891, el Dr. Emilio Reus fallecía en Montevideo a los 33 años, completamente arruinado en lo material, pero habiendo dejado una marca indeleble en la geografía física y humana de la ciudad.


El Eco de las Pisadas

Camino por la calle Reus y el bullicio comercial de hoy se apaga por un segundo en mi cabeza. Me llega la descripción que un cronista hacía hacia 1890, cuando el barrio naciente se convirtió en “el refugio de un centenar de personas, proletarias en su mayoría, atraídas por la equidad de los alquileres. Una vecindad obrera y de buenos hábitos”, flanqueada por las fondas de La Bella Italia o el Café de los Treinta y Tres.

A diferencia de la triste suerte del Barrio Reus al Sur —declarado Monumento Histórico en 1975, desafectado en 1979, desalojado y reducido trágicamente a escombros y paredones desnudos—, este Barrio Reus al Norte resistió. Con sus colores, sus comercios y sus balcones de hierro, sigue siendo la prueba viviente de una época audaz en la que Montevideo se lanzó sin miedos a conquistar el espacio.

Apoyo la mano sobre el marco moldurado de una puerta de cedro. Siento el latido de los dos mil obreros de 1888, el ruido de los 500 carros y la sombra elegante de aquel doctor español que quiso regalarle a los artesanos de Montevideo un barrio de reyes.

Tengo calle. Y mientras haya calle, la memoria del Dr. Emilio Reus seguirá caminando a nuestro lado.

Fuente: de mi libro J.M Fernández Saldaña

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