El comienzo
Han pasado ya treinta y un años desde que, desde el interior de la redacción del diario La República, dimos aquel pequeño paso hacia la web. Un paso casi ingenuo. Pero también profundamente revolucionario.
En aquel tiempo desconocíamos casi todo sobre Internet. Apenas comenzábamos a comprender que algo enorme estaba naciendo delante de nuestros ojos. Sin saberlo, estábamos entrando en una nueva era del periodismo y de la comunicación humana.
En 1990 la vida cambió para siempre. El motivo fue la aparición del primer sitio web de la historia, creado por Tim Berners-Lee en el CERN de Ginebra.
A partir de entonces ya nada volvería a ser igual.
La gran red comenzaba a abrirse al mundo para conectarnos a todos y a todo. Aunque aquel nacimiento no tuvo la espectacularidad televisiva de la llegada del hombre a la Luna, terminó provocando una revolución mucho más profunda: cambió nuestra forma de trabajar, de estudiar, de relacionarnos, de aprender y de comunicar.
La primera página web era extremadamente simple. Solo textos, enlaces y menús. Sin colores, sin videos, sin fotografías ni animaciones. Pero allí estaba la semilla del futuro.
La noche de abril
Y mientras el mundo apenas comenzaba a descubrir qué era Internet, una noche de abril de 1995 algo también empezó a cambiar para nosotros.
Cuando salíamos de la redacción de Deportes de La República, uno de nuestros jefes de entonces, Edgardo Martirena, nos detuvo para presentarnos a alguien que quería conocernos después de leer una investigación publicada sobre el interior profundo del Uruguay.
Aquella noche apareció un hombre clave en esta historia.
Rodolfo Porley Corbo.
Recién llegado de Suecia tras largos años de exilio, Porley tuvo la osadía de introducir en el diario un enorme aparato desconocido para la mayoría: una computadora personal. Pesada, rudimentaria, extraña para la época. Pero capaz de abrir una puerta gigantesca.
Todavía conservamos aquel teclado.
Y todavía recordamos el impacto de aquel primer contacto.
Ver cómo un texto podía viajar a través de una dirección electrónica nos pareció casi ciencia ficción. Fue una experiencia que demolió nuestras certezas y despertó una curiosidad imposible de detener.
En ese instante entendimos que el periodismo estaba cambiando para siempre.
“Con esto… chau al fax y al teletipo”, pensamos.
Al día siguiente visitamos la casa de Porley y comenzamos a imaginar un proyecto nuevo, una especie de mapa periodístico del país entero. Él lo llamaba “La República Entera”. La idea era clara: investigar, rescatar y narrar el Uruguay profundo.
Pero hacía falta algo más.
Hacía falta una identidad.
Así nació Diario Uruguay.
El nombre y el lema
El nombre fue un homenaje a nuestro tío, el periodista Ramón Mérica, un hombre que también intuía que el futuro del periodismo pasaría por nuevas formas de comunicación y de memoria digital.
Con él nació también nuestro lema:
NO ESTÁ ESCRITO
Porque precisamente de eso se trataba.
De contar el otro Uruguay.
El olvidado.
El invisible.
El que casi nunca aparecía en los grandes relatos centralistas.
Y así, el 19 de abril de 1995, durante un descanso en la redacción, inauguramos el primer blog de ese estilo vinculado al periodismo uruguayo.
Todo era experimental.
En el país casi no existían computadoras personales. Los teléfonos celulares eran escasos. Internet parecía un territorio lejano reservado para especialistas. Pero entendimos algo fundamental: lo importante era resistir y no desaparecer.
La red y la memoria
Mientras muchos todavía desconfiaban de la tecnología, nosotros comenzamos a recorrer el interior enseñando a corresponsales a utilizar computadoras en lugar de máquinas de escribir.
Pasamos incontables horas en la Biblioteca Nacional de Uruguay rescatando archivos, textos e investigaciones históricas de Ramón Mérica.
También dejamos atrás la urgencia de correr hacia los locales de ANTEL para enviar noticias por fax o teletipo.
Sin darnos cuenta, empezamos a tejer una red.
Como una araña silenciosa sobre el territorio entero.
Una red humana, cultural y periodística que unía pueblos, ciudades, historias y memorias de todo el Uruguay.
Fue difícil.
Muy difícil.
Porque el desafío no era solamente tecnológico. También era mental. Había que entender que el periodismo debía aggiornarse antes de que llegara la era de la desaparición.
En 2002 viajamos a la frontera Rivera-Livramento y desde un pequeño cibercafé ubicado sobre Avenida Sarandí, casi Monseñor Vera, relanzamos DiarioUruguay.com.uy, transformándolo en el primer diario digital de Rivera.
Seguimos aquí
Y aquí seguimos.
Treinta y un años después.
Con el mismo espíritu pionero. Con la misma rebeldía editorial. Con la misma obsesión por rescatar historias que otros olvidan.
Hoy Diario Uruguay no es solamente un medio digital.
Es memoria.
Es identidad.
Es archivo vivo del país profundo.
Es una mirada periodística nacida desde el interior cultural del Uruguay para dialogar con el mundo.
Seguimos creyendo en el periodismo humano, en la investigación, en la cultura, en la memoria colectiva y en el poder de las historias verdaderas.
Porque Internet cambió el planeta. Pero nosotros elegimos usarlo para algo mucho más importante:
Que el Uruguay entero también pudiera contar su propia historia.