En el Montevideo de finales del siglo XVIII, un imponente macizo de piedra, ladrillos y cal desafiaba al mar que batía a sus espaldas. Ocupando la manzana delimitada hoy por las calles 25 de Agosto, Juan Carlos Gómez e Ituzaingó, “Las Bóvedas” no eran simplemente un edificio, sino una fortaleza silenciosa, un bastión que el gobierno español construyó entre 1789 y 1790 para salvaguardar sus intereses en esta codiciada orilla del Río de la Plata. Su destino inicial, polvorín, depósito de víveres y cárcel militar, predecía una historia escrita con el peso de la piedra y el estruendo de la guerra.

La solidez de su estructura era legendaria. Las paredes de piedra, gruesas y macizas, se elevaban hasta los cimientos de la bóveda, donde los ladrillos sin revocar formaban un techo curvo y robusto. Cada bóveda, de dieciséis varas de largo por poco más de seis de ancho y cuatro de altura, era un refugio seguro para los pertrechos y un encierro lúgubre para los prisioneros. El piso, grandes planchas de piedra gastadas por el paso del tiempo y las botas militares, completaba este conjunto que los antiguos llamaban “a macho-martillo”, una construcción imperturbable.

En el corazón del edificio, sobre la calle 25 de Agosto, se alzaba el Cuerpo de Guardia y la escalera de piedra que conducía al terraplén superior. Desde allí, el centinela dominaba la ciudad y el puerto, atento a cualquier amenaza. Y detrás, las bóvedas que sirvieron de prisión, con sus dobles rejas de gruesos barrotes de hierro, albergaban a aquellos que osaban desafiar el poder colonial. En 1811, patriotas como don Silverio Antonio Martínez, párroco de Paysandú, y su teniente don Ignacio Mestre, sufrieron el encierro en estas celdas, tras ser capturados por las tropas españolas en Casa Blanca.

Pero Las Bóvedas no solo fueron escenario de reclusión y custodia. También cumplieron funciones de cuartel cuando la ciudad se veía desbordada por las tropas, hospital transitorio en tiempos de epidemias y refugio para las familias cuando los bombardeos portugueses o ingleses hacían temblar los muros de Montevideo. Allí mismo, en la víspera del combate del Cardal en 1807, el “Cuerpo del Comercio” se reunió para organizar la defensa de la ciudad contra la invasión inglesa, una acción en la que perdería la vida el oficial Francisco Antonio Maciel, uno de los tantos héroes anónimos que defendieron esta tierra.

La historia de Las Bóvedas también está marcada por la tragedia. El 25 de febrero de 1815, mientras las tropas argentinas evacuaban precipitadamente la plaza, una chispa provocada por el roce de una pala de acero contra el piso de piedra desató una formidable explosión que destruyó tres dependencias del edificio, cobrándose la vida de numerosas víctimas. Este hecho luctuoso dejó una cicatriz profunda en la memoria colectiva de la ciudad y aceleró el declive de la construcción.

Con el paso de los años, Las Bóvedas perdieron su carácter militar y pasaron a manos de particulares. Se dividieron en varias partes y se destinaron a barracas, una de las cuales, la “Barraca de las Bóvedas”, conservaba todavía las características que le dieron su nombre. Su dueño, Francisco Sienra, mantuvo viva la memoria de este lugar hasta que el progreso y la modernización se llevaron por delante los últimos vestigios de su antigua grandeza.

Hoy, nada queda de Las Bóvedas, excepto el recuerdo. Pero este edificio, que resistió el embate del mar y la guerra, sigue presente en la memoria de Montevideo como un símbolo de la resistencia y el espíritu indomable de esta ciudad. Sus muros de piedra, sus bóvedas oscuras y sus rejas de hierro son parte de nuestra historia, una historia que se niega a ser olvidada.

Fuente: RECUERDOS
CRONICAS DE ANTAÑO (Publicado en el diario La Mañana)

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