La epopeya silenciosa de quienes imaginaron un país antes de que existiera

Cuando se habla de la historia del Uruguay suelen aparecer las guerras, los caudillos, las revoluciones y los tratados. Sin embargo, existe una historia más silenciosa y quizás más profunda: la de quienes fueron capaces de transformar un espacio vacío en una comunidad organizada. No fue una obra de un solo hombre. Fue una empresa colectiva. Cada pueblo que hoy figura en el mapa nacional nació gracias al esfuerzo simultáneo de tres protagonistas inseparables: el fundador, el técnico y el poblador. Ellos fueron los verdaderos arquitectos del territorio oriental.

El fundador: quien primero imaginó el pueblo

Toda fundación comienza mucho antes del primer ladrillo. Empieza cuando alguien comprende que un territorio necesita convertirse en un lugar habitable.

Durante la dominación española, las Leyes de Indias habían previsto procedimientos muy precisos para fundar ciudades. El ideal consistía en que un particular celebrara una capitulación con la Corona comprometiéndose a fundar una población por su cuenta. Cuando ello no ocurría, los propios vecinos podían solicitar autorización para levantar una villa. Pero la Banda Oriental siguió otro camino.

Aquí casi ninguna ciudad nació mediante aquellos procedimientos previstos por la legislación. Fue el propio Estado colonial quien asumió la responsabilidad de poblar un territorio que debía consolidar frente al avance portugués y a la inmensidad de una campaña todavía escasamente ocupada. Así apareció una figura característica de nuestra historia: el comisionado fundador.

No era simplemente un funcionario. Era la autoridad encargada de convertir una decisión política en una realidad. Elegía el sitio. Convocaba pobladores. Distribuía tierras. Organizaba los trabajos. Levantaba las primeras instituciones. Y cuando el pueblo comenzaba a funcionar, entregaba la conducción a sus autoridades locales.

Los hombres del Rey

Muchos de aquellos fundadores vestían uniforme. El teniente Eusebio Vidal recibió del virrey Vértiz la misión de fundar Guadalupe, San Juan Bautista y San José.

Agustín de la Rosa levantó la Villa de Melo obedeciendo las órdenes del Virrey Melo de Portugal.

Jorge Pacheco, capitán de Blandengues, fundó Belén.

Félix de Azara, uno de los grandes científicos españoles del Río de la Plata, fue encargado de establecer Batoví.

Bruno Mauricio de Zabala encabezó personalmente la fundación de Montevideo.

José Joaquín de Viana hizo lo propio en Maldonado.

Y Rafael Pérez del Puerto dejó una huella extraordinaria fundando San Carlos, Minas y Rocha.

Ninguno actuaba por iniciativa propia. Representaban al Estado. Cada pueblo fundado era una afirmación de soberanía. Cada nueva plaza era una bandera plantada sobre el territorio.

También existieron fundadores privados

Con el paso de los años el perfil del fundador comenzó a cambiar. Durante el siglo XIX, especialmente después de la Guerra Grande, la iniciativa dejó de pertenecer casi exclusivamente al Estado.

Comenzó la época de los empresarios. Propietarios rurales. Comerciantes. Promotores inmobiliarios. Empresas ferroviarias. Todos descubrieron que fundar pueblos también podía transformarse en un negocio. La lógica ya no era solamente estratégica. Era económica.

Aparecieron entonces nombres como Francisco Piria, creador de Piriápolis; Ramón Álvarez, impulsor de varias localidades; Francisco de León en Nico Pérez; Juana Quintana y los hermanos Gayoso en San Ramón; junto a numerosas sociedades privadas que levantaron pueblos enteros alrededor del ferrocarril o de grandes establecimientos rurales.

El fundador dejó de responder únicamente al Rey o al Estado. Comenzó a responder también al mercado.

Los técnicos: los hombres que dibujaban el país

Ningún fundador podía trabajar solo. Necesitaba hombres capaces de transformar las ideas en territorio. Fueron los técnicos. En los primeros tiempos esa tarea recayó sobre ingenieros militares y pilotos navales. Acostumbrados al manejo de brújulas, cadenas de medición y cartas geográficas, ellos delineaban calles, medían solares y establecían la cuadrícula que todavía hoy identifica a la inmensa mayoría de las ciudades uruguayas.

Domingo Petrarca colaboró con Zabala en Montevideo. Francisco Santos trazó Minas. Juan Martínez diseñó Rocha. Manuel Blanco Araes participó en los primeros repartimientos de Montevideo. No eran arquitectos en el sentido moderno. Eran hombres de ciencia práctica. Sabían leer el terreno. Estudiaban los cursos de agua.

Buscaban las tierras altas. Analizaban los vientos. Calculaban la mejor orientación de las calles. La ciudad nacía primero en sus instrumentos de medición. Después aparecía sobre la tierra.

La llegada del agrimensor

Con la creación de la Comisión Topográfica en 1831 surgió una nueva figura profesional.

El agrimensor. Desde entonces las fundaciones comenzaron a incorporar criterios más científicos.

El agrimensor ya no era solamente quien medía. También asesoraba. Elegía los mejores emplazamientos. Estudiaba la topografía. Proyectaba el crecimiento futuro.

Martín Pays intervino en Rivera. Demetrio Isola colaboró en la refundación de Belén. Carlos Burmester incluso impulsó personalmente la creación de Nico Pérez convenciendo al propietario de fraccionar sus tierras. Muchas veces el técnico terminaba siendo tan importante como el propio fundador.

Los pobladores: quienes daban vida al plano

Sin embargo, ni el fundador ni el agrimensor podían crear un pueblo por sí solos. Faltaban sus verdaderos protagonistas.

Los pobladores. Ellos eran quienes aceptaban abandonar lugares conocidos para instalarse en un territorio donde casi todo estaba por hacerse. Recibían un solar. Construían una vivienda. Abrían un comercio. Cultivaban la tierra. Levantaban una escuela. Organizaban una capilla. Creaban un club social. Fundaban una sociedad de socorros mutuos. En definitiva, convertían un dibujo en una comunidad.

Sin pobladores no existía ciudad. Existía apenas un proyecto.

Cuando una sola persona cumplía todos los papeles

La historia rara vez es tan ordenada como los libros. Muchas veces el fundador era también agrimensor.

El técnico terminaba siendo poblador. El vecino organizaba el reparto de tierras. Los propios habitantes abrían caminos, construían puentes y levantaban edificios públicos sin esperar instrucciones superiores.

La fundación era una obra colectiva donde las responsabilidades se mezclaban constantemente. Aquella clasificación entre fundadores, técnicos y pobladores sirve para comprender mejor el proceso. Pero la realidad fue mucho más rica. Mucho más dinámica. Mucho más humana.

Del plano urbano al ordenamiento territorial

Con el siglo XX apareció una nueva visión. Las ciudades dejaron de ser simples cuadrículas.

La urbanística comenzó a estudiar el crecimiento urbano, las necesidades sociales, el transporte, la economía, la salud pública y la relación entre la ciudad y el campo. El técnico dejó de trabajar solo. Aparecieron equipos multidisciplinarios integrados por arquitectos, ingenieros, agrimensores, economistas, sociólogos, agrónomos, geógrafos y juristas. Ya no se trataba únicamente de fundar pueblos. Había que planificar regiones enteras. Comprender el territorio como un sistema. Pensar el futuro.

La verdadera construcción del Uruguay

Mirar el mapa del Uruguay es contemplar el resultado de tres siglos de trabajo silencioso. Cada localidad representa una decisión política. Cada plaza recuerda la mano de un agrimensor. Cada calle habla del esfuerzo de los primeros vecinos.

Los fundadores imaginaron el pueblo. Los técnicos le dieron forma. Los pobladores le dieron alma. Esa es, quizás, la mayor lección de nuestra historia urbana.

El Uruguay no fue construido únicamente por gobiernos o ejércitos. Fue levantado por hombres y mujeres que entendieron que fundar un pueblo era mucho más que abrir calles y repartir solares. Era crear un espacio donde pudiera nacer una comunidad, echar raíces una familia y proyectarse el futuro de una nación. Por eso, detrás del nombre de cada ciudad del interior hay una epopeya casi siempre olvidada: la de aquellos hombres de las fundaciones que, sin buscar gloria personal, terminaron dibujando para siempre el rostro del Uruguay.

Fuente: HISTORIA DE LOS PROBLEMAS DE LA ARQUITECTURA NACIONAL
FUNDACION DE POBLADOS EN EL URUGUAY
RICARDO ALVAREZ LENZI

Fotos de Tacuarembó

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *