Crónica desde el polvo y la memoria, tras rescatar los legajos de Rómulo Rossi en la Biblioteca Nacional de Montevideo.
Hay que tener calle para caminar Montevideo sabiendo que, bajo el asfalto que hoy pisamos apurados, hubo un tiempo en que la ciudad era un inmenso y silencioso dormitorio de muertos. En este frío mes de julio estuvimos revolviendo el silencio en la Biblioteca Nacional. Entre el olor a papel viejo y la luz mortecina de las salas de lectura, rescatamos los tomos de Recuerdos y Crónicas de Antaño, esa monumental obra de Rómulo Rossi que nos devolvió un Montevideo colonial y decimonónico obsesionado con el más allá, con sus pompas, sus ritos y sus mudanzas fúnebres.

Salimos a la luz de la tarde con una certeza escalofriante y aventurera: la vieja San Felipe y Santiago no solo tenía iglesias y murallas; estaba sitiada por cementerios. “Siete cuartas de tierra a nadie le faltan”. El refrán, que nuestros abuelos repetían con una mezcla de resignación y estoicismo, nació de una fría ordenanza municipal. Siete cuartas de largo, cuatro de ancho y cuatro de profundidad. Eso era todo el espacio que el Cabildo te otorgaba en el extramuro cuando el viaje llegaba a su fin.
TENGOCALLE /Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.

La etiqueta del último viaje: De la bayeta negra al oro portugués
En el Montevideo Antiguo, la muerte no igualaba a nadie; la diferencia de clases se medía en la calidad del paño y el color de las tachuelas. Rossi nos revela que, por Real Cédula de Octubre de 1752, el luto civil estaba rígidamente legislado. Si eras adulto y de buena familia, tu féretro debía ir forrado exteriormente de bayeta, paño o bien holandilla negra, rematado con austeros clavos pavonados y galón negro.
Pero si el destino se llevaba a un párvulo —un “angelito”—, el dolor se vestía de gala: el cajón se forraba en tafetán doble, del color que prefirieran los deudos… o el capricho del cajonero fúnebre. En el velorio, el fuego estaba contado: doce hachas o cirios para el túmulo, y no más de cuatro velas en la tumba durante los aniversarios. Pero entonces llegaron los portugueses y cambiaron la estética del dolor. Con la dominación lusitana entró el lujo a las capillas ardientes. Se permitieron géneros de alta calidad, el claveteado se volvió ostentoso con tachuelas amarillas y los galones brillaron en plata y oro.
El pueblo entero quedó boquiabierto cuando falleció la esposa del general Maggé. Aquello no fue un velorio, fue un acontecimiento: se enlutó por completo el piso, las paredes y el techo de la capilla en el mismísimo Fuerte (hoy Plaza Zabala). El cadáver fue llevado a la Matriz con una pompa nunca antes vista y sepultado junto al altar de Santa Catalina, hasta que dos años después la exhumaron para repatriarla a Portugal. Eran los tiempos donde los entierros de alcurnia, como el de doña Dolores Oribe con el brigadeiro Cálhao, o el del brigadier Márquez en 1824, paralizaban la ciudad.
Tiempos idos. Como cuando murió el señor Bustamante en los albores del gobierno patrio: su casa de la calle San Joaquín se cubrió de tantos metros de género negro que, desarmado el túmulo, la tela se repartió entre los pobres de la ciudad. Una limosna nacida del luto.

Misa de noche, chocolate y hábitos usados
Hasta 1840, la última moda entre la gente pudiente de Montevideo era morir vestido de franciscano. Literalmente. Se compraban los hábitos de los frailes del Convento de San Francisco para amortajar los cadáveres. Y había un detalle de mercado casi macabro: cuanto más viejo y gastado estuviera el hábito del fraile, mayor era su precio. Se creía que la santidad impregnada en la tela raída abría más rápido las puertas del purgatorio.
El ritual nocturno tenía un misticismo sobrecogedor:
- Se hacía la “misa de cuerpo presente” de noche, en la Matriz o en San Francisco.
- Una procesión de deudos con faroles y cirios encendidos acompañaba el cuerpo hasta la fosa.
- Se pagaban los obligatorios “cuatro reales” por los derechos de sepultura.
- El remate social: Tras enterrar al difunto, los acompañantes iban a la casa de la familia, donde se los despedía reconfortándolos con un pocillo de chocolate caliente y bizcochuelos. El dulce sabor de la sobrevida.
¡Cuánto enterratorio!: El mapa del Montevideo subterráneo
Si desplegáramos el mapa actual de la Ciudad Vieja y el Centro, y superpusiéramos los cementerios que Rossi y el actual Director de Cementerios de la época, don Alfredo D. Rodríguez, documentaron, nos daría vértigo caminar.
| Antiguo Cementerio / Campo Santo | Ubicación de Antaño | Referencia Actual / Notas |
| Matriz Vieja y Convento de San Francisco | Manzana de Ituzaingó, Rincón, 25 de Mayo y Treinta y Tres | El corazón financiero actual fue el primer gran osario. |
| Matriz Nueva | Sarandí e Ituzaingó | Zona peatonal de alta circulación. |
| San Francisco (Segunda etapa) | Zabala y Piedras | Espacio sagrado franciscano. |
| Hospital de Caridad | Terreno baldío contiguo | Donado por don Juan Fernández, apodado “Juan Soldado”. |
| El Fuerte | Plaza Zabala | Exclusivo para entierros militares dentro del recinto. |
| El Reducto | Zona de extramuros | Destinado a la periferia de la época. |
| Cementerio de Extramuros (1808) | Andes entre Durazno e Isla de Flores | Frente al sur, sobre la costa del mar. Media cuadra por una de fondo. |
| Cementerio Británico (Inglés) | 18 de Julio, Ejido, Santiago de Chile y Soriano | Donde hoy se levanta el Palacio Municipal y sus plazas. |
| Cementerio del Peñarol Viejo (1790) | Campos de Piedra Cueva | Con oratorio y nichos maltrechos que sobrevivieron siglos. |
| Cementerio de la Unión | Conectado luego al Buceo | Fundado por Manuel Oribe durante los días de la Guerra Grande. |
Herejías inglesas y el secreto de las casacas militares
Dos postales de esta aventura histórica nos quitan el aliento. La primera ocurre en 1807, durante la invasión inglesa. La cantidad de muertos fue tal que colapsó el corralón de San Francisco. Los británicos, prácticos y urgentes, cavaban fosas dobles. En el apuro de la guerra, terminaron enterrando juntos a un protestante inglés y a un católico oriental. Las beatas de la ciudad casi mueren del espanto: aquello, a ojos de la fe colonial, era una herejía imperdonable, una mezcla sacrílega de sangres y almas.
La segunda postal nos traslada a 1913, cuando se realizó la remoción de los restos del Cementerio del Peñarol Viejo para llevarlos a un osario común. Al excavar la tierra, los obreros encontraron algo más que huesos: botones de casaquillas militares y retazos de géneros de colores vivos que alguna vez fueron las franjas de pantalones de combate.
Los viejos vecinos de la zona juraban que eran los restos de los soldados españoles que cayeron en la Batalla de Las Piedras y fueron enterrados apuradamente en la retirada, o quizás oficiales del mismísimo José Artigas, que tuvo allí su campamento. Otros, con memoria de la Guerra Grande, aseguraban que eran las huestes de Oribe que dominaban esos campos del sitio. La tierra guardó el secreto de la pólvora revuelta con los huesos.

El fantasma de la calle Andes
Hacia diciembre de 1807, con la ciudad desbordada de vivos y muertos, el Cabildo destinó mil pesos para fundar el cementerio de extramuros en la calle Andes. Era un paraje desolado, azotado por el viento del mar. Allí oficiaba un sepulturero presupuestado —el “camposanteno”— que cobraba la miseria de 8 pesos al mes por convivir con las almas.
La historia cierra con una imagen digna de una novela gótica: don Pablo A. Dugrós le relató a Rossi que en 1850, tras un temporal feroz de esos que azotan nuestra costa, el agua bendita del cielo lavó la tierra de la calle Andes con tanta violencia que los huesos olvidados quedaron al descubierto, brillando bajo el sol de la tarde, reclamando, una vez más, que Montevideo no olvidara a quienes la fundaron desde el subsuelo.
Nos tomamos un café al salir de la Biblioteca Nacional. Miramos las veredas de la avenida. Definitivamente, hay que tener calle para entender que caminamos sobre la historia viva… y sobre la historia muerta.
CONTINUARÁ PARTE 2
(PORTADA: Cementerio Británico en el actual predio que hoy ocupa la sede de la Intendencia Municipal de Montevideo. Vista de 18 de Julio y Ejido. En 1884 fue el año del traslado del cementerio a su actual locación por disposición del gobierno de Máximo Santos).

Fuente: RECUERDOS
CRONICAS DE ANTAÑO (Publicado en el diario La Mañana)